El juego de palabras del título de esta columna de opinión, de seguro, dibujará más de una sonrisa en muchos lectores y, en otros, una mueca de molestia.
Es que lo que se ha ido conociendo de esta verdadera comedia tragicómica que describe los encuentros secretos de ministros, presidentes de partidos políticos de aquí y de allá; parlamentarios variopintos y empresarios y ejecutivos de alto nivel, es mejor tomarlo con calma, con una sonrisa sardónica, que oculte nuestra sorpresa e ira ciudadana contra las versiones dadas por unos y otros sobre estos encuentros tan singulares.
Lo escribo y lo reiteraré: creo que el diálogo entre partes en conflicto o con visiones distintas sobre situaciones de interés general, sigue siendo el mejor camino para superar diferencias y lograr acuerdos, pero siempre y cuando haya transparencia, buena fe y no sean secretas ni con dobles juegos o, una vez logrado ese acuerdo, se les tuerza la nariz o haya alguna voltereta, de estas tan frecuentes en las más altas esferas del poder en este último tiempo, o sea, que haya consecuencia y se mantenga la palabra empeñada, “a la magallánica” diremos muchos.
Una de las primeras consecuencias fue un cónclave partidario oficialista en que hubo de todo, según las versiones de prensa llegadas a nuestra región desde el Palacio Presidencial de Cerro Castillo, en Viña del Mar.
Después o en forma paralela, se conoció la instrucción presidencial a todos sus ministros que será obligatorio inscribir en la agenda oficial todas las reuniones que sostengan con quienes las pidieron: no es malo dar un paso postergado y resistido por más de alguno.
Luego, las andanadas y descalificaciones contra el coordinador de esas reuniones secretas (hasta que se supo todo) de parte de los que no fueron invitados a ellas porque se les considera “poco influyentes” o de otros veteranos lobbystas de la plaza, cuyas andanzas en este sendero merecen más de una duda en lo ético, por lo menos.
Y así tenemos que las “Caperucitas” de este cuento eran más de una; que había, a lo menos, otra “abuelita” y que el “lobby” de Zalaquett le hizo un favor al país.
Esperemos que este tendido de puentes dé resultados positivos, que no haya más secretos ni reuniones en lugares privados para analizar asuntos públicos o “generales” y que Chile no vaya a vivir algo que podríamos llamar, “Un Zalaquett Gate” y que le costó la presidencia de Estados Unidos a Richard Nixon y presidio para los responsables de la controvertida operación en el condominio de Watergate, hace ya unos años.