Estimado
lector, como usted, yo también estoy confinado en mi hogar por orden
del Estado. Llevo varios días bajo techo y sólo se me permite salir dos
veces por semana y por cuatro horas. Algo así como arresto domiciliario
total, en términos forenses.
Desde
el encierro, veo la vida acontecer como un día de domingo, recordando
palabras de una bella canción. Y se antoja recorrer la casa, pensar en
el futuro, recorrer los pendientes de la vida, adentrarse en el pasado
para introspectivamente, analizar aciertos, errores, omisiones, penas y
alegrías.
Leo
y escucho decir que el ser humano no será el mismo después que pase
todo esto. Que valoraremos la vida, la libertad, la familia, la
propiedad, las amistades y las cosas simples de la vida, de una manera
que no lo habíamos hecho antes. Pareciera que este arresto domiciliario
nos fuera a dar lecciones perennes.
Otros
dicen que los aspectos económicos deben quedar de lado, que no nos
debemos preocupar ni ocupar tanto de este ámbito, porque el dinero se
recupera, pero la vida, no. Desconfío de esta manera de pensar, porque
una sociedad con un buen nivel de desarrollo económico, puede sostener
atenciones médicas oportunas y de calidad, como también alimentar a su
gente de manera de dotarlos de nutrientes y anticuerpos vigorosos. Sin
esta base económica, el derecho a la vida y a la salud, se hacen
ilusorios.
Pero
es cierto que tantos días bajo techo, nos debiera hacer pensar la vida
que llevamos, tanto de manera individual como colectiva. De qué nos
sirve tantas vestiduras, tanto oropel, tanta vanidad, si hoy nos
enfrentamos cara a cara con un destino que no sabemos a dónde nos lleva,
que nos arrastra sin poder evitarlo.
Y
a propósito de nuestras existencias, recuerdo una cita del Evangelio,
que está hecho para el ser humano, cualquiera sea su creencia o su
incredulidad en un ser divino. En Mateo6:25 se lee “Por eso os digo, no
os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por
vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el
cuerpo más que la ropa?” Se nos recuerda que nuestra vida es alimento
suficiente, y nuestro cuerpo ropaje bastante. El amor y la fe son
nuestros mejores escudos contra el tsunami que nos pega a diario.
Mucha
gente cocinando, retomando labores de casa ya olvidadas por el tráfago
del día a día. Lidiando otros, con las tareas escolares de un modo
distinto: on line se llama. Quién lo diría hace tan sólo unos días atrás
que estaríamos al lado de los hijos, pendientes de conectarse a un
artefacto tan moderno para hacer las labores escolares. Para tantos, ese
es el trabajo de la escuela, de los profesores, pero no de nosotros,
porque mire, trabajamos mucho y llegamos cansados.
Y
se me viene a la mente otra canción, porque de alguna manera, la vida
es un cancionero: Cambia, todo cambia, y lo que cambió ayer, tendrá que
cambiar mañana. Me parece que la vida es también un mutar permanente,
desde que llegamos a esta tierra, hasta que de alguna manera,
desaparecemos. Ya veremos qué estaremos haciendo en septiembre, a fin de
año, o en marzo del 2021, cuando miremos en retrospectiva el año
transcurrido.
Estamos
ante una gran oportunidad de llenar de contenidos nuestra existencia,
de mirar a nuestro alrededor y con humildad, decirnos que hemos fallado,
pero que la vida es amor y fe, que el respeto al otro es esencial para
la convivencia, que los animales son nuestros hermanos menores, y la
naturaleza, la gran casa que nos alberga. Nuestros hijos merecen que
seamos mejores padres.