¡Cien
años! ¡No! ¡Ciento un años! La veleta en la torre octogonal nororiente
de la casona indica de modo indesmentible el año del término de
construcción, o de su inauguración, ¡1921! Hermoso símbolo que registra
la partida de nacimiento de la hermosa casona Malmus, en Avenida Alemania 0422 de la ciudad de Temuco.
Yo
conocí esta casona en marzo de 1969, cuando llegué a ella para
convertirme en estudiante de pedagogía en castellano. Su hermosa
fachada, su jardín ornamentado con sus ya monumentales árboles, sus
palmeras; su estructura ya estaba remozada, había adquirido un aspecto
más funcional a las exigencias de un centro de estudios superiores y
formador de profesionales de la educación. En el antejardín, a sus
costados y en su parte posterior se habían agregado construcciones para
laboratorios, talleres, salas de clases, biblioteca y sala de lectura.
Asimismo, el tercer piso había sido modificado para dar espacio a salas
de clases.
La
casona se ha mantenido en el tiempo, ya son más de cien años desde su
construcción, algo menos que Temuco desde su fundación en el año 1881;
sin embargo, la casona ya cubre más de dos tercios de la existencia de
la ciudad. Este esfuerzo de la Universidad Católica de Temuco
sin duda busca imitadores, tanto en los particulares como en las
empresas de la región comprometidas con su ciudad. La ciudad merece el
cultivo de su acervo, de su devenir, de su desarrollo.
Llegué
como muchos a la casona y atesoro muchos recuerdos, gratos y de los
otros, en mi memoria. Aquí conocí a gente hermosa, cálida, de gran
temple y espíritu, formadores de hombres y mujeres por excelencia, que
labró su destino y contribuyó al de otros. ¿Mencionar algunos? Sí, por
qué no. Algunos viven, otros ya no están con nosotros. Sé que voy a
olvidar a unos, mil excusas. Son nombres que yo recuerdo, nombres que se
asoman, se quedan, se van, pero permanecen: Anita Castro, Hortensia
Ascencio, Nubia Gómez, Erica Müller, Maribel Acuña, Elizabeth Möller,
Silvia Ocares, Gabriela Albornoz, Gina Capurro, Lilian Mella, Aníbal
Muñoz, Dorita Muñoz, Héctor Melgarejo, Arnoldo Martínez, el maestro
Poblete, el maestro Castillo…,
entre administrativos, secretarias y auxiliares de servicio; de mis
compañeros, Olga Andrés, Sandra Arriagada, Gaspar Burgos, Ricardo
Candia, Gloria Inostroza, Javier Inostroza, Ivonne Latsague, Eduardo
Zerené…,
entre otros; de mis amigos, Arturo Hernández, Gastón Sepúlveda, Jorge
Nazal, René Morgan, Rubén Figueroa, Carlos Bachmann, Osvaldo Rubilar,
Juan Pino, Prosperino Cárdenas, Luis Vergara, María Paz Ferrando…, entre otros tantos; de los profesores,
Jaime Arellano, María Angélica Gálvez, María Villanueva, Juan Figueroa,
Óscar Cartagena, Helio Gallardo, Margarita Peredo, José Amar…, y de mis mentores, Adalberto Salas, Víctor Raviola, Juan Mizunuma, Rafael Aguayo.
Esta
vez no quería referirme a la casona como una estructura, como un
edificio, pues desde la década de los sesenta ha albergado y encantado a
cientos, qué digo, a miles de personas, con sueños que se han hecho realidad.
Yo,
en lo particular, ahí conocí a miles de jóvenes de todo Chile, de Arica
a Punta Arenas, y de otros países, con quienes compartí y supe de sus
alegrías, de sus penas, de sus dolores; y ahí, sí, ahí conocí a Elsa, esposa y madre de nuestros dos hijos, quien me acompaña ya casi por cincuenta años.
¿Cómo no ser agradecido de la vida, que me ha dado tanto? La casona es mi casa, ¡lo dije y qué jue!