Castillo de naipes

En
más de una ocasión he hablado y explicado, desde esta tribuna, un
concepto llamado “riesgo moral”. En simple, este riesgo lo asumen los
votantes toda vez que el candidato, en campaña, prometerá todo y cuanto
pueda con tal sumar adhesión a su causa, al precio que sea, porque no
existe ningún contrato, o convenio, físico en el cual él tenga que
cumplir todas y cada una de sus promesas a rajatabla. De ahí que,
reitero, este riesgo lo asuman los votantes quienes deberán (o no) creer
en el aspirante al cargo de representación de turno y validar, a través
de su voto, el ascenso al poder.

Ahora
bien, en sociedades más menos cívicamente aptas, con personas
generalmente pensantes, reflexivas, los populistas y demagogos no tienen
acceso al poder porque las personas, gracias a sus niveles cognitivos,
son capaces de olfatear y detectar las falacias, las imposibilidades, de
muchas de esas promesas que, inescrupulosa y mañosamente, hará el
candidato de turno. Y esté último lo hará porque sabe que puede hacerlo,
total no tiene nada que perder y todo por ganar. Si usted confió en él,
y siente que perdió su voto, es problema suyo, no del candidato: así es
la política.

El
problema del riesgo moral, especialmente con sociedades polarizadas, es
que la sensación de frustración, de pena, rabia y decepción se
acrecienta muy rápidamente, instalando una sensación de orfandad del
poder ante la ausencia del líder prometido que nunca fue tal. Más aún,
cuando ese liderazgo sucumbe ante sus propias promesas, afirma y desdice
con igual facilidad, la fe pública se ve mermada dejando abiertos los
espacios para un estallido social real (no articulado) porque el
descontento, ante el sinnúmero de promesas incumplidas, es generalizado y
son las personas, especialmente quienes le apoyaron con su voto, las
más afectadas.

Cuando
este camino se pavimenta la literatura nos demuestra, en base a
experiencias, que por lo general es sin retorno y las ideologías se
hacen cada vez más pequeña frente a escenarios de desconfianza que im
piden
la construcción de comunidades privilegiando el individualismo. Y si
más encima quien encabeza el poder no ejerce ni tiene liderazgo las
posibilidades de una rebelión interna, desde su misma coalición y
quienes le respaldan, se hace inminente por una cuestión simple: existe
un vacía de poder que debe y necesita ser llenado, restituido.

Y
mientras las disputas propias del poder político se desatan con
frenesí, los ciudadanos continúan sus vidas de la mejor forma posible,
como puedan. Frustrados, apesadumbrados, desconfiados, tristes. Intentan
salir adelante como puedan porque saben de la incompetencia de sus
líderes, que no son creíbles, que no pueden confiar en ellos, por lo
cual están solos ante el mundo y sus desafíos diarios. Quienes están sin
empleo observan, con rabia, como una tropa de incompetentes accede a
cargos en el Estado altamente remunerados sin tener las competencias, y
experiencias, mínimas para el cargo. Quienes están endeudados sucumben
ante los intereses sin la posibilidad de ejercer su libertad para hacer
uso de sus recursos teniendo que, para solventar sus deudas, endeudarse.
Y así ta
ntos
otros escenarios cotidianos, como por ejemplo el aumento en la
violencia, delincuencia e inseguridad social, que están presentes en el
día a día.

El Castillo de Naipes comenzó, más temprano que tarde, a desmoronarse.

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