Chile a Sangre y Fuego

Chile a lo largo de su historia como país independiente, es decir, desde 1810 hasta nuestros días, hemos acentuado fuertemente la consolidación paulatina de nuestra Democracia, sea a través de la extensión del sufragio, sea a través de la ampliación de las libertades políticas, o bien sea, por los mecanismos de participación democrática en todos los niveles de la sociedad. Sin embargo, no hemos reforzado con el mismo vigor nuestro Estado de Derecho, lo cual se ha visto reflejado en los instrumentos que lentamente hemos ido incorporando a nuestro ordenamiento jurídico, sólo a causa de graves crisis o delicadas situaciones.

A eso, cabe agregar, el sensible balance institucional entre autonomía y responsabilidad de los diversos organismos, sean constitucionales o legales, como el Congreso Nacional, el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, la Contraloría General de la República, el Banco Central, el Ministerio Público, entre muchos otros, por cuanto una sana autonomía permite realizar de mejor manera sus funciones, pero ello va aparejado inevitablemente con un sentido de responsabilidad, de cumplimiento cabal y efectivo de su misión.

Con todo ello, no es ilusorio pensar que cualquier país, incluso el nuestro, sí, incluso Chile, pueden llegar a experimentar situaciones de crisis tan dramáticas, de hecho, la historia nos recuerda al menos tres crisis institucionales graves que hemos vivido, la Guerra Civil de 1891, el quiebre institucional de 1924 como la legitimación de la fuerza y la violencia para llegar al poder y el doloroso quiebre institucional de 1973. En los tres eventos históricos se repetían factores como una aguda crisis previa, un debilitamiento de las instituciones, y una insana polarización política.

Así, haciendo un parangón entre Chile y en general, en cualquier país del mundo, es una responsabilidad permanente cuidar nuestras instituciones republicanas y democráticas. La Democracia por definición significa diferentes posturas y expresiones, y es justamente la capacidad de administrar las diferencias lo que permitirá construir un sistema democrático exitoso. Dicho de otro modo, la Democracia no se define por la ausencia de discrepancias, sino por la capacidad racional que tengamos para entendernos pese a ellas.

Todo esto sería simplemente lírica sin el respeto a la dignidad de la persona humana, y por consiguiente a sus derechos fundamentales. Es la dimensión espiritual y material del ser humano la que determina el modo de organizar la sociedad, y disponer los medios para su realización en esos ámbitos, no es por tanto, instrumentalizar a las personas como meras piezas de una maquinaria llamada Estado. 

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