La
falta de educación cívica es una de las mayores críticas que hemos
escuchado en el último tiempo, asociada precisamente a los bajos índices
de participación electoral en Chile. El fenómeno vivido en el último
plebiscito, donde sufragaron más de 13 millones de personas, nos
demuestra la importancia e impacto que tiene en la democracia cuando la
ciudadanía participa en masa y percibe que lo que está en juego es
importante.
El
voto voluntario debutó en Chile en el año 2012 (alcaldes y concejales),
con una inmediata disminución en la participación de más de un millón
de votos, versus el anterior proceso similar con voto obligatorio
(2008), un efecto que se fue acrecentado cada vez más. Las
presidenciales de 2009 contó con casi 7 millones de votos (sistema
obligatorio), mientras en el 2013 dejaron de participar casi un millón
de personas, pero con el atenuante que la cifra disminuye a pesar de que
aumenta de forma permanente el padrón. O sea, por más gente que esté
habilitada para participar, votaban siempre los mismos, con tendencia a
la baja.
Votos
más o menos, una máxima irrefutable indica que una menor participación
afecta a la democracia y su representación. Por otro lado, una elección
es la principal instancia en la que la ciudadanía puede hacer valer su
opinión, con efectos que son fundamentales para su presente y futuro.
Muchos
podrán decir que son las instituciones las que deben motivar e
incentivar a que los ciudadanos participen y no imponerles involucrarse
en su destino, pero ¿no es lo mínimo que se le puede exigir?, concurrir
cada cuatro años a elegir a sus autoridades.
El
volver a instaurar el voto obligatorio generará un efecto que buscará
impulsar el hábito y compromiso, siempre y cuando se mantengan las
sanciones para quienes incumplan con ello. El resultado del último
plebiscito buscaba generar un cambio profundo en el país y nadie imaginó
el resultado obtenido. Si bien las encuestas se inclinaron por una
opción, ningún partido o sector imaginó un resultado tan contundente,
que no dejó lugar a dudas sobre qué querían y que no querían los
chilenos. La población habló y lo hizo fuerte, algo que tuvo efectos
inmediatos en el ejecutivo, quizás ese efecto no se habría conseguido
con un voto voluntario.
Pero
lo anterior también presenta desafíos relevantes, principalmente para
los partidos políticos. Primero, el voto obligatorio no es una medida
que por arte de magia vaya a solucionar los problemas que tiene nuestro
régimen político y por ello es fundamental que los partidos busquen
conquistar a los electores y retomen su necesario lugar en la sociedad,
como una institución primordial para el desarrollo de la democracia.
Segundo, con un voto obligatorio automáticamente aumenta el padrón en 4
millones de personas aproximadamente, lo que lleva a los partidos a
salir de su zona de confort, de contar siempre con un voto
ideológicamente ya conquistado.
Esto
requerirá que los partidos mejoren su ‘oferta’ programática y de
candidatos para conectar de mejor forma con las necesidades y demandas
de la gente, algo para lo que por cierto tendrán más recursos, pues un
incremento de votos va de la mano de un alza de lo anterior.
De
lo contrario, comenzaremos a ver un crecimiento de votos nulos o
blancos y quizás lo que es peor, un aumento de votación para
candidaturas populistas, que en su mayoría capitalizan la frustración de
una población insatisfecha o bien prometen aquello que la gente
necesita escuchar, sin ninguna responsabilidad.