Chile, un país triste

Si
bien la pandemia ha afectado a todo el mundo y que las convulsiones
sociales están a la orden del día de todos los noticiarios del orbe, no
podemos dejar de centrarnos en lo que acontece en nuestro país. Las
consecuencias del cambio climático, un volcán que no deja de arrojar
lava y la llegada de la temporada de huracanes parecen querer darnos una
señal de que debemos estar preparados para aquellas cosas que de tanto
en tanto afectan a nuestra nación y que nos olvidamos como si
padeciéramos amnesia postraumática. Los remezones llegan y muchas veces
nos pillan dormidos y el daño es inconmensurable. Tenemos diversas
visiones del tipo de sociedad que necesitamos para avanzar, pero hay una
estructura política que ha estado procurando que nada se cambie para no
perder los privilegios que se le han ido entregando en el correr de los
decenios, y que han vuelto cada vez más poderosos a unos cuantos en
desmedro de una gran masa de gente que se deja mecer y llevar al ritmo
de las olas que bañan nuestras costas. No ha sido raro que se ha tratado
de deslegitimar a la Asamblea Constitucional a través de un sistemático
medio de desprestigio, burlas, chanzas y funas que los medios de
comunicación y las redes sociales se han permitido realizar, festinando
con los desaciertos y motivaciones que personas con muy buena intención,
pero con nula formación política, han intentado poner en la mirada
pública. Ha resultado exitoso para la opción del rechazo ir generando en
nuestra bipolar mentalidad un efecto contracíclico: El 18-O no fue
orquestado por una izquierda internacional poderosa como se dijo, sino
por el cansancio del pueblo a la indignidad en que se vive. Fue el
despertar. El plebiscito por una nueva Constitución marcó el paso de lo
que se quería a través de un mecanismo inédito; 80-20 fue la opción de
que no fuera redactada por una casta política. El resultado es el que
está trabajando ahora y es triste ver como ese 80% se ha ido
desentendiendo de lo que

significó el resultado electoral que estructuró esa Asamblea. Qué
triste es ver, sentir, oír y darse cuenta de esa bipolaridad, sustentada
solo por el mecanismo de que hay que sumarse a lo que diga la mayoría,
aunque sea irracional. Si son muchos los que se burlan de sus
integrantes, de sus formas de vestir, de la manera de hablar, de los
conceptos con los cuales llegaron al hemiciclo, ¿qué esperaban todos los
que les dieron el voto cuando los eligieron? Hoy estamos en las puertas
de una elección presidencial, parlamentaria y de cores. En la primera
vemos la realidad de esa, nuestra bipolaridad y amnesia. El miedo que se
ha generado en las campañas entre un comunismo y un conservadurismo
extremo ha entrado en el ADN de nuestra sociedad y se están
fortaleciendo posiciones extremas que en algún momento le hicieron mucho
mal a nuestra nación. La intolerancia que se percibe en las redes
sociales y en los debates nos lleva a una confusión enorme, donde el
sentido práctico de todos los que votamos es que no sabemos hacia cuál
barranco vamos a caer. El problema que se presenta es que son pocos los
que se sienten identificados con los que hoy lideran las encuestas, pero
es más fácil adherir a los que están más arriba en ellas que jugárselas
por los principios que marcan nuestras vidas. El oportunismo político y
la clara tendencia de los medios de comunicación de privilegiar a un
solo sector del espectro están llevando a una situación de trincheras
que hubiéramos querido superar con los procesos eleccionarios vividos,
pero eso está muy, pero muy lejos de la realidad.

Chile
y la gran parte de sus ciudadanos ven con tristeza lo que está pasando,
mientras las “famosas encuestas” (esas que tienen intereses creados,
con escasas muestras recogidas y con pésimos aciertos) tratan de llevar a
la conciencia nacional hacia donde quieren. Hoy vemos cómo ha resurgido
una élite que estaba tan callada y solapada como cuando Pinochet se
levantó de su silla de ruedas al bajar del avión que lo trajo desde
Londres. Nos olvidamos de eso y de toda la historia detrás de aquel
gesto y seguimos dispuestos a ceder a la tentación de ser guiados por
quien no solo no quiere nada con una nueva Constitución, sino que se las
ha jugado para que sea un fracaso, tenga imagen de fiasco y, por
último, si le resulta, potenciará la opción rechazo al
plebiscito de salida. Nuestra bipolaridad puede darle la razón.

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