¿Cómo? ¡Cómo! ¿Uno? ¡Si somos tantos! ¿Cómo hacer? Es buena idea, pero ¿cómo sostenerla?
Según
unos datos, Chile cuenta ya este año 2022 con una población de
19.212.362 personas, y día a día, querámoslo o no, somos más en este
flaco y estirado territorio continental y sus islas, y sin olvidar a
quienes hoy están lejos y añoran, quieren y sufren por este terruño.
Somos
hartos. Si de cantidad hablamos, cada uno de los poco más de diecinueve
millones somos una entidad individual, y así sumamos la cantidad ya
predicha. Cada uno instalado donde estamos, tenemos orígenes diferentes,
un rut distinto, nacimos, crecimos, nos educamos en entornos diversos, y
somos hijos de esas circunstancias, querámoslo o no, no podemos
cambiarlas ni negarlas, tenemos que asumirlas, no más.
Cada
uno defiende lo suyo, era que no. Nos planteamos ante la vida de
diferente manera, según ese adeene personal, social. Y donde nos
encontremos nos emocionamos hasta las lágrimas cuando advertimos que
somos chilenos, en especial cuando la diosa fortuna nos ha llevado
momentáneamente a tierras extranjeras. Cuánta alegría rebosamos
entonces. No importa dónde nacimos, dónde estudiamos, cuál es el número
de nuestro rut, ¡somos chilenos, y qué jue!
Los
19.212.362 logramos ser transitoriamente uno, en circunstancias
trágicas que nos sacuden, literalmente, cuando algunas regiones del país
padecen cataclismos que afectan a gran parte de la población. Ahí nos
unimos, ahí somos uno.
La
cantidad de “Chiles” que existen en nuestra patria es un dilema no
resuelto. Se dice que somos una sola nación cuando sobreviene el
desastre o cuando un drama humano nos conmueve. Se dice que hay dos
Chiles que contrastan: el opulento, que despilfarra los recursos mínimos
con que el otro Chile, el precario, no puede contar. Se dice que uno es
el Chile de las élites obsesionadas por un debate de tópicos -algunos
de ellos ideológicos- que ni siquiera se atreven a aproximarse al
“ciudadano de a pie”, del otro Chile que no se hace problema porque
“mañana hay que trabajar igual”. Así se reza en “Chile, un hogar para
todos”, título de una carta pastoral de los obispos que integraban el
Comité Permanente en octubre de 2017, por encargo de la Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile.
En
esta Carta se nos invita a soñar a Chile como un hogar común. Es propio
del hogar, de un hogar, ser el corazón de una familia, tan variada y
compleja como la conocemos hoy, con diversas maneras de vivir, de
pensar, de sentir y de organizarse. A veces nos queda la impresión de
que hay poco más de diecinueve millones de Chiles, tantos como los que
poblamos este país. Es cierto, somos muy diversos, y eso no es un
problema, es un valor. Y desde esa diversidad nos debemos disponer a
intercambiar nuestras vivencias, nuestro sentir, nuestros sueños.
¿Qué
hace único a un hogar? En cada uno, en cualquiera hay buenos momentos y
otros que preferiríamos no vivir nunca, o que jamás se repitan. Como en
todo hogar, no es fácil decir las cosas como son y actuar en coherencia
con lo que se predica. Así como en el hogar, en la familia, es más
fácil salir adelante con la verdad y ser consecuentes, porque se cuenta
con el tejido nuclear del amor de los seres queridos. Al hogar siempre
volvemos, del hogar nunca nos soltamos porque ahí está nuestra esencia,
nuestro ser, nuestra identidad.
Chile, uno. En este afán de hacer de Chile un hogar para todos y todas, ¿qué depende de mí?, ¿qué depende de ti?