Cicerón

La
importancia de las palabras siempre ha sido un asunto relevante e
interpretable en política, más aun cuando quienes las emiten en los
tiempos actuales no lo hacen precisamente al estilo de Cicerón (106-43
a.C.), el famoso político, filósofo y jurista romano que recomendaba
pensar antes de hablar, diciendo que “pensar es como vivir dos veces”.
Además deberían tener en cuenta que para abordar la vida y los asuntos
públicos se debe apreciar y sopesar nuestra historia, para que ojalá no
nos tropecemos con la misma piedra. Para lo cual vale también recordar a
Cicerón cuando enseñaba que: “No saber lo que ha sucedido antes de
nosotros es como ser incesantemente niños”.

Los
ecos de algunas personas, denominados los 34 que irrumpieron a la vida
pública por la manifestación de la soberanía popular que otorga el voto
en una democracia para cumplir un papel específico y único, como es el
de ayudar a escribir una Constitución, todavía resuenan en el ambiente
público. Causando más preocupaciones que esperanzas.

Lo
cierto es que antes de comenzar siquiera las tareas importantes y
cruciales que les esperan a los integrantes de la Convención
Constituyente, en las cuales está cifrada una gran esperanza de cambios
que hagan a nuestro país más justo, equitativo e integrador, lo que se
provoca con esta actuación, al más puro estilo de una bancada política,
es preocupación y ciertos visos de totalitarismo implícito.

Comenzar
y esbozar las primeras actividades de un grupo minoritario de
convencionales constituyentes, exigiendo una serie de garantías desde su
particularísimo punto de vista, suena por decir lo mínimo como algo
profundamente irresponsable, pretencioso y desproporcionado.

Pareciera
que se pretende una suerte “mínimos comunes” para solo sentarse a
conversar acerca de los aspectos dogmáticos y orgánicos de la
Constitución que se aspira concebir. Dando la impresión de que se
carecería de la debida conciencia de la función única, importante y
solemne que se tiene, que no es precisamente la de ser, convertirse o
suplantar a lo
s legisladores comunes.

Las
expectativas cifradas en la Convención Constituyente dicen relación con
la esperanza de las personas que creen en las posibilidades de un país
mejor y una sociedad que brinde oportunidades de acceso a condiciones
materiales y de bienestar mínimo, que den dignidad de vida y posibiliten
que las personas gocen de su libertad. Una sociedad más consciente y
actual con los desafíos de los tiempos que vivimos. Porque pretender
establecer la igualdad material plena sería pueril, ilusorio e
imposible, debido a que las diferencias siempre van a existir. Pero,
sin embargo, podemos aspirar a una sociedad más justa que la que
tenemos hoy, por lo cual jugar con las expectativas es manchar el
proceso con intolerancia, muy parecida a la de quienes aspiraban a no
querer cambiar nada.

Por
eso que es importante que ante este histórico proceso los
representantes elegidos se desempeñen mostrando capacidad de diálogo,
tolerancia y apertura y no lleguen a la Convención con una Constitución
escrita bajo el brazo para simplemente querer imponerla.

Lo
que esperan los ciudadanos comprometidos que se manifestaron a favor de
un cambio en la Constitución es apertura, tolerancia y capacidad de
renuncia en ciertos planteamientos para acordar un texto que nos cobije
a todos.

En
conclusión, vale la pena también recordar a Cicerón: “El buen ciudadano
es aquel que no puede tolerar en su propia patria un poder que pretende
hacerse superior a las leyes”.

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