¿Cierre de escuelas por inseguridad? La cruda realidad que están viviendo los estudiantes

El
acceso a la educación y la seguridad son pilares fundamentales para el
desarrollo sostenible de nuestra sociedad y su democracia, sin embargo,
hoy en Chile ambos están en crisis. Los hechos de violencia han
aumentado en nuestro país como una deuda de la que no nos hemos hecho
cargo, y la situación se ha visto cada vez más insostenible.

En
las últimas semanas hemos tenido la suspensión de clases en distintos
establecimientos educacionales debido a la necesidad de resguardar la
integridad de estudiantes y docentes, lo que amenaza con volverse una
constante en nuestro país. Ya sea por un “Narco Funeral” o por el día
del joven combatiente, los estudiantes se han visto obligados a
interrumpir su proceso de aprendizaje, lo que tiene consecuencias graves
en su rendimiento académico. Sin embargo, el cierre de los colegios,
hace mucho que es algo frecuente. Ya sea por el paro de profesores o
estudiantes, los hechos del estallido social o la cuarentena vivida
durante la pandemia. Cada uno de estos cortes en el proceso de
aprendizaje de los jóvenes ha hecho mella.

Es
aún más preocupante que la violencia se haya extendido a la propia
escuela, donde muchos estudiantes experimentan situaciones de acoso,
intimidación y violencia física. Esto puede provocar traumas y miedo en
los estudiantes, que se sienten inseguros en su propio entorno de
aprendizaje. Esto puede generar un espiral de deserción escolar, donde
jóvenes abandonan los estudios debido al miedo y la inseguridad. El solo
proceso de movilizarse desde el hogar hasta una casa de estudios se ha
vuelto notablemente más peligroso. En regiones son muchas las líneas de
transporte público que han decidido acortar los horarios en que
transitan, haciendo que el horario de salida de “la última micro” se
realice antes de las 22:00, o más temprano. Siendo esto último un
síntoma de lo que estamos viviendo, pero también afectando a aquellos
estudiantes que terminan tarde sus clases.

Entonces
tenemos un círculo vicioso, en el que al aumentar la delincuencia
también interrumpimos el correcto flujo del proceso de aprendizaje,
arriesgándose a que algunos estudiantes deserten. Aquellos jóvenes que
no vuelven a integrarse al sistema educativo se ven propensos a ser
parte de nuevos actos delictuales, esta vez siendo victimarios. Es bien
sabido que la educación básica no solo es fundamental para el desarrollo
emocional y cívico de los jóvenes, sino que también son una herramienta
para alejarlos de grupos delictuales, trabajo infantil y otras
situaciones perjudiciales para su infancia y crecimiento ¿Cómo le
hacemos frente a este ciclo que toma cada vez más fuerza?

Es
necesario abordar este problema de forma integral, no solo desde el
punto de vista de la seguridad, sino también desde la educación y la
prevención. Los colegios deben ser espacios seguros y resguardados,
donde los estudiantes puedan desarrollarse académica y personalmente sin
temor. Esto requiere un mayor compromiso de las autoridades para
garantizar la seguridad, pero también necesita un trabajo conjunto con
la comunidad educativa para crear un ambiente seguro y acogedor para los
estudiantes, pero también comprometernos, de verdad, con que las aulas
sean las últimas en cerrar y las primeras en abrir.

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