Cincuenta años después

El
quiebre institucional de 1973 fue una verdadera tragedia para el pueblo
chileno. Ningún sector debiera sentirse orgulloso ni menos satisfecho
por el dramático desplome de nuestra democracia, y el consiguiente
inicio de un largo y oscuro período de autoritarismo y excesos. Quienes
éramos niños en esos años atisbábamos inquietos los acontecimientos sin
entender lo que sucedía, muchos contábamos con el cobijo de nuestras
familias que nos granjeaban un espacio de seguridad; otros, en cambio,
vieron cómo sus núcleos y vínculos más cercanos fueron devastados por la
violencia. Nuestra niñez, adolescencia y juventud transcurrió en un
ambiente social y político anómalo, plagado de restricciones, atravesado
por el temor y la sospecha, en el cual se deleznaban inadvertidamente
muchos de los valores e ideales que nuestros mayores nos habían
transmitido.

Tuvimos
que adaptarnos e intentar desarrollarnos de la mejor forma posible en
ese escenario hostil, fue un tiempo largo de adversidad, muchas veces de
impotencia, y de invencible nostalgia por recuperar una convivencia que
conocíamos más bien de oídas, pero que nos parecía que era la que,
tarde o temprano, debería prevalecer y distinguir a nuestra patria.

Esta
generación se forjó en medio de enormes dificultades, de negaciones, de
prohibiciones, pero sin embargo fue capaz de torcer el curso del
destino y, al menos, acariciar la ilusión de que el provenir podía tomar
un derrotero diferente. En parte importante lo consiguió, pero en
muchos aspectos, también ha vivido grandes decepciones en estas décadas.

Sin
duda, la nuestra es una generación que debió enfrentar su trayectoria
vital en un país severamente fracturado, lacerado profundamente por la
violencia, exhausto de luchas ideológicas y de poder, lastrado por la
pobreza, con una inflación endémica y una economía estancada, con
escasas oportunidades de educación, encerrado en sí mismo, aislado y
renegado del mundo al que siempre había pertenecido.

Luchamos
con denuedo por cambiar las cosas y construimos una épica que consiguió
inspirar a las grandes mayorías, para entregar a los que nos sucedían
un país distinto. Sin embargo, hay que reconocerlo, en los últimos
lustros muchos han cedido sin el menor pudor a las seducciones del
poder, de la influencia, del dinero fácil, de la captura vergonzosa del
Estado, de los cargos públicos inventados, de la corrupción en sus
diversas expresiones, atizando de esta forma la profunda crisis moral
que hoy tiene al país en una especie de pausa, con un horizonte
institucional incierto y un futuro al menos inquietante. En este
contexto poco alentador, a ratos, parece que el estamento dirigente
habitara un mundo distinto, que la ideología empuja a los líderes por el
tobogán de la tontera, que viven en un país improbable, que nada los
conecta con las anhelos, angustias y estrecheces de las personas comunes
y corrientes.

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