La
gobernabilidad nace como un concepto u forma de describir la capacidad
de un gobierno para resolver problemas. Por lo tanto, representa la
capacidad que tiene el Estado de ejercer las acciones pertinentes para
maximizar la seguridad de la ciudadanía; y cuando ese Estado es
democrático, permite mayor participación del mismo para discernir sobre
las problemáticas sociales necesarias. Es en ese conjunto que la
celeridad de sus respuestas puede mostrar la efectividad de su
administración.
En
base a eso y al desempeño del periodo de Gabriel Boric, no hay manera
de dar congruencia de gobernabilidad al actual gobierno, porque no la
tiene. A su conglomerado solo le alcanza para otorgarle un pobre
respaldo frente a las necesidades. Ese es su gran problema.
Sin
embargo, para la gobernabilidad no solo se requieren posiciones firmes o
partidos políticos indelebles y bien organizados que validen. Además de
la clase dirigente adecuada, se demanda una población ilustrada con
capacidades de determinación, preparación, ideas claras y que no caigan
en el facilismo. Eso tampoco lo estamos teniendo porque existe cierto
populismo de por medio.
Es
cierto que persistentemente ha habido amarillismo en la política, pero
nuestras generaciones previas, para bien o para mal, tenían una mayor
participación y formación cívica, militaran en un partido político o no.
A pesar de que existían culturas políticas en donde los ciudadanos no
sabían de sus derechos, cumplían con su obligación.
De
ahí que el glosario de educación cívica que nos fue usurpado por la
dictadura y al ineficaz trabajo en democracia de cubrir este tema, que
nos han convertido en los ciudadanos que somos.
Y
para lo mismo estamos quienes somos la “mano de obra intelectual”, en
el sentido que laboramos en lo que nos corresponde, intentando
contribuir con una visión crítica y formada sobre como gobernar.
Entregando herramientas para juzgar medidas y comportamientos políticos,
desde la posición de ciudadano.
Peso
a ello, como ocurre con toda la sociedad, no podemos discutir en
nuestra mesa familiar ni de religión, ni de política o del fútbol. Por
qué no se puede discutir, si al hacerlo se profundiza, se culturiza. El
discutir es otro agente de socialización y formación, porque la escuela
ya no te va a enseñar política, salvo indirectamente en ramos de
educación cívica y en historia, repitiendo fechas y hechos de memoria.
No
obstante, es ahí en la mesa familiar donde se aprecia y se puede hacer
un juicio crítico de la sociedad en que vivimos, de los problemas que
tenemos como comunidad y prodigar nuestra posición como familia, como
individuos y como sistema.
Sin
lugar a dudas tener una discrepancia con altura de miras, con
argumentos, aunque siempre con respeto, engrandece la comunicación. El
problema es que si eso no se suscita en la escuela y no se genera en el
núcleo familiar, tenemos chilenos frustrados, conciudadanos que cuando
salen a rezongar prorrumpen a incendiar en vez de discutir, como fue
demostrado en el estallido social.
Allí
presenciamos a toda una generación de chilenos incapaces de lidiar con
la frustración de los abusos, ni capaces de discutir como alternativa.
Civismo es el rol primordial ausente, ya que a los partidos políticos y a
la familia no les interesa formar ciudadanos y entregar los valores
básicos como sociedad.
Visto
lo cual, es bastante lógico y simple, hay que “discutir más los
problemas”. Sacar a colación en la mesa puede ser el paso inicial para
generar una nueva sociedad, nuevos ciudadanos, generar un pensamiento
crítico.
Asimismo
si usted no cree en nada, empéñense en un cambio, pero no como un
rebaño que sigue a otro, sino con argumentos. Si es socialista,
anarquista, socialcristiano, socialdemócrata, liberal, neoliberal, de
derecha, o extrema derecha etc., distinga lo que significa y lo que
persigue cada doctrina. Cualquiera sea su postura al respecto hágalo con
respeto, conversando. Eso es lo que falta en este país y con estos
pequeños hechos, pero muy relevantes, podemos tener una población más
culta, más capaz y un país que va a saber dirigir su destino.