Clases de religión: ¿Camino a una secularización de contenidos?

En
los últimos días se ha dado a conocer un análisis realizado por dos
investigadores que proponen establecer que las clases de religión
lleguen a todos los estudiantes del sistema escolar chileno sin ningún
tipo de exclusión. Para dichos efectos la intención radicaría en una
transversalidad del contenido religioso propiciado por el Ministerio de
Educación en Chile, dicha pretensión de los académicos Carmelo Galioto
(investigador postdoctoral de la Universidad de O’Higgins) y Cristóbal
Bellolio (Universidad Adolfo Ibáñez) se visibiliza a través de un
artículo llamado “Hacia una reforma de la enseñanza religiosa en el
sistema escolar chileno”, precepto por el cual se podría replantear a
partir del Ministerio de Educación de nuestro país el contenido de la
clase de religión, por tanto, mi columna de la semana se titula “Clases
de Religión: ¿Camino a una secularización de contenidos?”.

Primero,
la declaración que salió hace unos días donde se afirma que una de las
materias que suele estar presente en todos los establecimientos es la
asignatura de religión, pero que en dichas clases suelen abarcarse temas
relacionados netamente a la religión católica y evangélica, sin duda,
ha tensionado una realidad de la cual muchos tenemos experiencia, por
tal motivo, hay apoderados que suelen optar por eximir a sus hijos de
ellas por no sentirse identificados con la clase. Es muy probable que el
exceso de dogmatismo provoque una tensión en esos padres que ven en
aquellos contenidos una enajenación con el mundo y sociedad del siglo
XXI, más aún, teniendo una distancia a priori del diálogo asociado al
fenómeno religioso del cristianismo producto de sus enfoques teológicos y
filosóficos. La investigación de los académicos previamente enunciados
se basa en que actualmente las escuelas se ven obligadas a ofrecer una
clase de religión de carácter confesional. Esto quiere decir, que
mientras los colegios religiosos enseñan exclusivamente sobre su propia
denominación religiosa, los establecimientos no religiosos deben decidir
a partir de un conjunto de programas aprobados la religión que van a
enseñar, de esta forma, ofrecer una propuesta religiosa más menos
orientada al dogma clásico experimentado en Chile. Los académicos
sugieren una aproximación más bien desde las Ciencias de la Religión, no
una mirada acentuada en la liturgia, credos y sistematizaciones
religiosas de un tradición eclesiástica en particular. Para esto, la
idea de una reforma al actual sistema de enseñanza religiosa
posibilitaría que esté dirigida a todos los estudiantes sin ningún tipo
de exclusión, por consecuencia, que sea un espacio abierto a la
reflexión de los diversos credos existentes y al aporte que hacen a la
formación de las personas desde una mirada cultural, social, política y
religiosa, no meramente focalizada en esta última.

Segundo,
los investigadores expresan que en Chile no debería existir una
educación religiosa confesional, sino más bien obligatoria y universal,
parámetros que suenan atractivos e interpelantes para un mundo que, tal
vez, hasta ahora ha entendido mal la idea de secularización. El carácter
obligatorio es indispensable, y en esto los investigadores tienen mucha
razón, ya que, occidente debe mucho de su formación al cristianismo, fe
y religión, no obstante, todo aquello debe ser traducido a un lenguaje
común, laico y tolerante; en otras palabras, universal. Además, existe
la idea que el axioma religioso vaya más allá del dogma, o sea, no como
un factor exclusivo de teoremas teológicos, sino más bien que sea un
aporte a la espiritualidad de la sociedad chilena. Entonces, para
alcanzar niveles de tolerancia, horizontalidad, demanda y diálogo
religioso en el contenido de las clases de religión, no se debe cercenar
su trasfondo ético moral, sino más bien abrir el abanico hacia otras
expresiones de fe, así, la decisión de creer o no creer en el Dios
judeocristiano está lejos de ser una especie de “iluminación” al más
puro estilo del viejo calvinismo, por el contrario, es una adherencia
propia, individual y racional de la experiencia y necesidad humana sobre
lo divino. Sin duda, las hermenéuticas de los contenidos de la clase de
religión
no
pueden estar al servicio de unos pocos, en este sentido, la
investigación de impeler un nuevo paradigma sobre estas temáticas
resulta de urgente discusión, racionalización y problematización a nivel
nacional.

La
disyuntiva que provoca esto demanda una educación laica, emancipada del
dogma clásico y en concordancia con las necesidades morales de una
sociedad secularizada que, sin duda, necesita un aprendizaje en la clase
de religión sin incidencia religiosa curricular, abandonando rudimentos
de convicciones últimas que resultan forzosos con el fin agradar a una
“espalda” eclesiástica y/o religiosa. Tal vez, la clase de religión
debiese acentuarse “ética” o “ciencias de la religión”, de esa forma las
bases conceptuales, epistemológicas y filosóficas erigen en una
sintonía de equilibrio y en una secularización de los contenidos a
discutir, así, enmendar la tentación constante de ciertos docentes por
convertir el salón de clases en un templo, confesionario y rocío de
exclusividad espiritual. No olvidemos que toda esta discusión tiene un
trasfondo de filosofía política, donde una cierta ala del liberalismo
político no pretende relegar al

cristianismo del espacio público, sino más bien mantener separado el
rito de la educación pública. La clave está en la forma en cómo se
transmite el contenido religioso, de ahí que uno de los grandes
intelectuales de la Escuela de Frankfurt diga lo siguiente: “Las
prácticas religiosas y la perspectiva que ofrecen, concluye, siguen
siendo fuentes importantes de valores que nutren la ética de la
ciudadanía multicultural y fomentan la solidaridad y el respeto entre
todos. Pero para que se pueda disponer del “potencial capital semántico
de las tradiciones religiosas” con el fin de enriquecer la cultura
política (y, en particular, las instituciones democráticas) hay que
traducirlas a un idioma secular y a un “lenguaje universalmente
accesible”, tarea que recae no solo sobre los ciudadanos creyentes, sino
sobre todos los ciudadanos -creyentes o no creyentes- implicados en el
uso público de la razón” (Jürgen Habermas et al., El poder de la
religión e
n
la esfera pública (Madrid: Trotta, 2011), 14-15. Necesitamos con
urgencia rescatar el valor de la religión no desde imposiciones al
estilo medieval, sino más bien desde una apertura a explicar y enseñar
dicho fenómeno sin sesgos doctrinales, tampoco con la pretensión de
hacer proselitismo hacia una religión en particular, la educación en
nuestra clase de religión parece abrir un sensor significativo al cambio
de paradigma respecto de su metodología, por tanto, la premisa sugiere
un llamado a despolvar la clase de religión mirando su más reciente
interrogante a través de los académicos Carmelo Galioto y Cristóbal
Bellolio,

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