La
tarde del sábado 19 de octubre de 2019, en el Gimnasio Fiscal de Punta
Arenas, cientos de personas se reunían para celebrar un logro regional
notable, el exitoso cierre de las Jornadas por la Rehabilitación, tras
superar la meta y reunir $ 809 millones.
A
esa misma hora, en las calles de Punta Arenas, decenas de individuos se
sumaban a los hechos de violencia desatados el día anterior en Santiago
en protesta contra el alza de pasajes del Metro, levantando barricadas,
atacando edificios públicos y privados y sumiendo a la ciudad y pronto,
a la región de Magallanes, en una espiral de hechos de violencia que se
extendería durante meses, prácticamente, hasta el inicio de la
pandemia, en demanda, según ellos, de más justicia social.
Ambos hechos ilustraron en igual medida, la portada de este diario al día siguiente.
Desde
entonces, pocos políticos rechazaron, sinceramente, esa violencia sobre
la cual no tenían mayor control y que, en gran medida, también estaba
dirigida contra ellos, dada su bajísima credibilidad. ¿Recuerda por
ejemplo el escándalo de los medidores inteligentes, meses antes del
estallido social y en el cual estuvieron involucrados políticos de todos
los sectores?
Las
semillas del odio “contra el sistema”, larvadas durante años de miopía y
pequeñez política y las redes sociales, ahora daban sus crueles frutos.
También está la pérdida de sentido de las sociedades modernas, pues en
esos mismos días, la opulenta e igualitaria Francia, vivía días de
violencia con los Chalecos Amarillos.
Cuando
el estallido llegó, los políticos evitaron condenar la violencia,
cuando no de aceptarla, de algún modo. “Rechazamos la violencia, pero…” y
entonces venía una larga diatriba social, llena de un lenguaje
comprensivo y políticamente correcto para justificar un fenómeno que, en
realidad, pocos de ellos siquiera atinaban a comprender.
En
las paredes de Punta Arenas, el odio ardía aún con más furia que en las
barricadas. “Tu paz y tu tranquilidad me violentan”, decía uno de ellos
y en otros las frases “fuego a esto”, “fuego a lo otro”, se repetían
por doquier.
Pronto,
vendrían gestos oportunistas como las peticiones de indulto a quienes
“lucharon en las calles por legítimas demandas sociales”, según se dijo.
La senadora Yasna Provoste, acaso la principal articuladora política de
la oposición en estos momentos, fue una temprana impulsora de esta
medida.
La
talla de nuestros dirigentes la había dado con precisión, el exministro
de Hacienda de Bachelet, Nicolás Eyzaguirre, quien había afirmado años
antes: “los políticos son atroces, pero son mejores que los dictadores”,
dijo tras denunciar que le llegaban muchos proyectos que eran “muy
coincidentes” en su normativa con los intereses particulares de los
diputados y senadores que los impulsaban.
Más
tarde, en pleno estallido, su madre, la actriz y militante del Partido
Comunista, Delfina Guzmán, diría: “Tanta bonhomía y tanta violencia, al
mismo tiempo, no me convencen”.
Pero
será un profesor de Literatura, Cristian Warnken, el que con mayor
firmeza condenará la violencia desatada durante el estallido social:
“Cuando dicen que para hacer una tortilla hay que romper huevos, la
tortilla sería entonces, mejores pensiones, menos desigualdad, pero eso
es falso, porque es fácil decirlo cuando los huevos que se rompen son de
otros y no son tus huevos, tus negocios, tus casas, tus lugares.
Entonces, yo me opongo terminantemente, a cualquier justificación,
incluso de gente intelectual, que le da piso teórico a la violencia”,
concluía.
¿Ha escuchado a algún político nacional o regional una condena tan clara y directa a la violencia? Lamentablemente, muy pocos.
De
hecho, en pleno estallido social, el Consejo Regional de Magallanes
rechazó apoyar con recursos la reparación de vehículos policiales de
Carabineros, muchos de los cuales sufrían problemas de repuestos, porque
eso era “apoyar la represión”.
Quizá
la frase más contundente en este sentido, haya sido de la exgobernadora
de Magallanes, Gloria Vilicic, quien declaró, antes del plebiscito.
“Quieren cambiar la Constitución porque dicen que es ilegítima. ¿Y esto
es legítimo?, ¿un proceso que fue empujado por todos estos hechos de
violencia que tienen a tanta gente con miedo de ser apedreados o que les
destruyan su negocio?, ¿es eso legítimo?”.
En
los meses siguientes, Cristian Warnken será duramente atacado por ir
contra el lenguaje políticamente correcto de aceptar y comprender la
violencia como algo necesario, a la luz de los “cambios sociales
requeridos”.
Él
se defendió: “Estamos viviendo en un tiempo de falacias, que se
instalan en el sentido común, en todos nosotros, porque como no
pensamos, aceptamos ideas hechas que circulan y nos instalamos en esa
idea… en el último tiempo, han surgido en las redes sociales personas
que se dedican —casi profesionalmente— a atacar, injuriar y degradar a
quien ose buscar el diálogo, tender puentes, promover acuerdos. Son
verdaderos ‘comisarios’ que recuerdan prácticas estalinistas o fascistas
y que han envenenado el debate público, haciéndole un grave daño al
país”.
Quizá por ello, son tan pocos los que intentan salir de su trinchera para buscar soluciones.
A
su juicio, “la falta de más diálogos con contenido, más que peleas de
guerrillas, descalificaciones mutuas, agendas cortas, esta pobreza
cultural, esta pobreza de pensamiento ha sido fatal para Chile… Nos
desarrollamos económicamente, pero no nos desarrollamos a la par
espiritual y culturalmente, perdimos el contacto con nuestra tierra, con
nuestro territorio. El país centralizado es una forma de la
enfermedad”, concluía.
Paradójicamente,
será otra enfermedad, el Coronavirus, el que frenará la escalada de
violencia y nos mostró con brutal realismo, nuestra frágil realidad.
Hoy
y en medio de una región en pandemia, los magallánicos salimos
nuevamente a vivir otra jornada histórica, como es elegir a nuestro
primer gobernador regional.
Y
si Warnken tiene razón, quizá sea éste un primer paso para volver a
conectarnos con nuestro territorio, nuestros orígenes y nuestros pares,
de un modo mucho más fraterno y necesario para salir adelante, en esta
tierra hoy mucho más aislada que ayer del fin del mundo.
Y
volvemos a esa jornada histórica del 19 de octubre de 2019, para
decidir con cuál de ambos hechos nos quedamos, si con las manos unidas
al cielo de una meta noble, finalmente cumplida entre todos, o los
brazos llenos de odio que esa tarde salieron a protestar y destruir el
centro de Punta Arenas, luego que en Santiago se iniciara el estallido
social.