Cómo debe relacionarse la Iglesia con el Estado

Las
palabras de los obispos el año 1925, “el Estado se separa en Chile de
la Iglesia; pero la Iglesia no se separará del Estado y permanecerá
pronta a servirlo; a atender al bien del pueblo; a procurar el orden
social; a acudir en la ayuda de todos, sin exceptuar a sus adversarios,
en los momentos de angustia en que todos suelen, durante las grandes
perturbaciones, acordarse de ella y pedirle auxilio”, sigue igual de
vigente y representa en profundidad lo que anima a la Iglesia y el modo
como ha de relacionarse con el Estado.

La
Iglesia reconoce que la autoridad política y el Estado es fundamental
en la sociedad dado que el hombre, la familia y las organizaciones por
sí mismas no pueden lograr su plena realización; y cuando habla del bien
del pueblo se refiere al bien común entendido como “el conjunto de
aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a
cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia
perfección”.

Es
cierto que todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes, así como
creyentes de diversas confesiones han de promover el bien común, y nadie
puede abstraerse de ello. Sin embargo, a quienes ostentan el poder
político les corresponde -en primer lugar- promover y garantizar una
organización adecuada de la sociedad de tal manera que cada uno pueda
lograr su plena realización en aras del bien común.

El
primero es el respeto de la persona en cuanto tal, es decir custodiar
su dignidad, asegurarle la protección de su vida desde el momento de la
fecundación hasta la muerte natural, así como de su vida privada y de su
justa libertad, así como del derecho de profesar su fe religiosa

Además,
le corresponde garantizar la posibilidad de desarrollarse de forma tal
de poder mejorar sus condiciones de vida para llevar una verdaderamente
humana, lo que significa poder formar una familia, disponer de alimento,
vestido, salud, educación, trabajo y cultura, y una vida digna al
llegar la tercera edad. Junto a ello al Estado le corresponde garantizar
el derecho que tienen los padres de educar a sus hijos y el rol
fundamental que en esta materia tiene la Iglesia.

Por
último, es tarea del Estado procurar estabilidad y seguridad a la
población, así como un orden justo que garantice la paz, ello implica
velar para que los intereses de cada grupo, que a veces son antagónicos
entre sí, se armonicen en justicia y verdad. Tarea no siempre fácil y a
la cual no puede abdicar si quiere preservar la paz y el orden social.

La
misma Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II nos
recuerda que “el orden social y su progreso deben subordinarse al bien
de las personas, y no al contrario”. Es evidente que lograr el bien
común es arduo y requiere del trabajo y del sacrificio de todos. En ese
sentido, si bien es cierto que la Iglesia no se identifica con el Estado
ni con programa político alguno, coopera en la construcción de una
sociedad más fraterna y justa a través de su misión evangelizadora. En
efecto, la labor de la Iglesia es anunciar el Evangelio de Nuestro Señor
Jesucristo y proclamar la verdad acerca del hombre. Esta tarea la
realiza a través de su acción pastoral qua abarca su presencia en las
parroquias, la educación y en sus múltiples obras sociales que dan
prueba de su amor por el hombre, especialmente del más necesitado. Un
aspecto esencial en el mundo actual es la cooperación entre el Estado y
otras entidades, con la Iglesia, en la búsqueda de soluciones en favor
de los ciudadanos y en particular, respecto de los más desposeídos o
descartados de la sociedad, como son las obras sociales, educacionales y
sanitarias.

La
Iglesia promueve un mensaje de amor y pretende que los hombres
conociendo a Jesucristo tengan, mediante la fe en Él, una vida según sus
enseñanzas y preceptos, y conforme a su dignidad. La tarea de la
Iglesia es fundamental en una sociedad dado que ayuda al hombre a
encontrarle sentido a su vida, la dimensión trascendente de ésta, y a
reconocer, en el servicio a los demás el fundamento último de su razón
de ser en el mundo. Por otra parte, la Iglesia al proclamar la verdad
acerca del hombre revelada por Jesucristo, Verbo del Dios hecho carne,
promueve valores inherentes a tal dignidad, como lo es el respeto por la
vida humana, la promoción del matrimonio como fundamento de la familia y
el derecho de cada ser humano a ser concebido y llevado en las entrañas
por su madre y educado por sus padres. De la misma manera promueve un
orden social justo donde el hombre es causa, centro y fin del quehacer
de la política en el mundo. Desde ese punto de vista está llamada a
alertar con claridad y sin ambigüedades de los peligros de una sociedad
materialista que reduce al hombre a su condición biológica o a un mero
engranaje de la sociedad del que puede disponer sin restricción alguna.

La
Iglesia no pretende poder político alguno y está más allá de la
contingencia. Sin embargo, reconociendo que la sociedad tiene el derecho
y el deber de organizarse por sí misma, así como la legítima autonomía
del orden temporal, la Iglesia faltaría gravemente a su misión si es
indiferente a todo aquello que atenta en contra del hombre. Su voz la
alza en cuanto colabora a que en todos los campos de la vida social se
tenga presente al hombre y la dignidad que lleva grabada en cuanto
imagen y semejanza de Dios.

La
Iglesia promoviendo el Evangelio no se inmiscuye en las labores del
Estado, pero ofrece un precioso servicio a la humanidad dado que está
convencida que para conocer al hombre integral hay que conocer a Dios y
que Jesucristo le revela al hombre el propio hombre y le hace descubrir
la sublimidad de su vocación.

La
Iglesia es una institución fundada por Jesucristo que está siempre
dispuesta a servir a quien necesite de ella, dado que allí está su razón
de ser.

Por
último, es innegable que la credibilidad del mensaje evangélico es
inseparable del testimonio de cada uno de los católicos en sus ámbitos
de competencias y seremos los obispos quienes tenemos la mayor
responsabilidad en cuanto sucesores de los apóstoles, primeros testigos
del Señor y a quienes le dejó la responsabilidad de ser los primeros en
anunciar la Buena Nueva hasta el fin de los tiempos.

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