¿Cómo estamos en confianza?

¿Qué
sabemos de ella? Mucho y, a veces, nada. Que la tenemos, y no la
tenemos. Confianza es una palabra derivada de fe y esta del latín
‘fides’, con las acepciones de significado ‘fe’, ‘confianza’, ‘crédito’,
‘buena fe’, ‘promesa’, ‘palabra dada’.

Confianza,
en el DLE (Diccionario de la Lengua Española), tiene varias acepciones;
revisemos algunas, ‘esperanza firme que se tiene de alguien o algo’,
‘seguridad que alguien tiene en sí mismo’, ‘presunción y vana opinión de
sí mismo’, ‘ánimo, aliento, vigor para obrar’, ‘familiaridad o libertad
excesiva’.

Aristóteles
se refería a la confianza como contraria al temor. La asimilaba a una
esperanza teñida de fantasía sobre aquellas cosas que podrían salvarnos,
que estén próximas a ocurrir y, por el contrario, que estén lejanas de
aquellas que nos podrían provocar temor.

No
solo la filosofía aporta a entender más qué es la confianza. También la
psicología, la pedagogía, la sociología y otras, pero en las que la
confianza sí redunda o manifiesta efectos es en la economía, en la
política, por ejemplo.

Si
los políticos observaran o evidenciaran un comportamiento fiable,
confiable, el efecto redundante sería de estabilidad, seguridad,
armonía, tranquilidad, paz.

Si
la práctica de los economistas, de los empresarios fuese medida,
comedida, la consecuencia afín sería de esperanza, de confianza.

¿Confías
en el otro? ¿Cuánto confías? Antes, antes, mucho antes, la palabra
bastaba, y la rúbrica era un apretón de manos, quizás un abrazo (hoy
estamos privados de ambos). Más aun, la comunicación verbal en estos dos
años ha sido si no mediando una mascarilla que cubre parte de nuestro
rostro, en otro caso ha sido a distancia, no pocas veces con cámara
cubierta. No ha sido fácil ahora fiar, fiarnos, confiar; antes, tampoco.

Con
la palabra escrita el panorama no es mejor. Con la palabra escrita todo
concluía ceremonialmente en un acta, en un escrito, también rubricado
con una firma, una equis o una huella dactilar. Y como verán, no ha
bastado como acto de fe. Ahora, además, muchos documentos, ya
certificados, timbrados y firmados incluso se deben “notariar”.

En suma, de qué estamos hablando. Me estoy refiriendo a la confianza, al nivel de confianza que nos tienen o nos tenemos.

Con
todo, ¿cómo estamos en confianza? Ahora no es el propósito único
evaluar al otro, el comportamiento del otro; quizás es buen comienzo,
reflexionar y evaluar nuestra propia conducta. No es sencillo, no es
fácil.

Según
datos del BID, en América Latina, una de cada diez personas cree en el
otro, sea empresa, gobierno, parlamento o individuos, en particular. No
es un dato para enorgullecerse. ¿Qué hacer? Ponerse en acción,
reaccionar. Hablar acerca del tema, revisar las conductas propias con
periodicidad, sin ánimo flagelante, solo con el interés de mejorar las
prácticas personales, todo, todo esto antes de poner en aprietos al
otro.

¡Confíen!
¡Confíen en sí mismos! Crean en sus habilidades, crean en sus
competencias, todo ello redundará, por ejemplo, en su participación en
buenos equipos de trabajo.

La invitación queda hecha.

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