Para quienes se aprestan a votar por el rechazo, la opción es clara: no aprobar el texto que se somete a plebiscito.
Algunos —los menos, a mi juicio— lo hacen porque se sienten cómodos con
la actual constitución; otros —mayoritarios, a mi entender— porque, sin
aceptar una constitución ilegítima en su origen, tampoco adhieren a
este nuevo proyecto y prefieren que se cambie por otra, pero que sea más unitaria.
Para
quienes votan apruebo, el asunto se complica. Todo estaba previsto para
que su opción fuera de la misma claridad que la precedente; pero,
durante y después del proceso de redacción, han entrado a jugar varios
factores que vienen a confundir las cosas. Votarán entonces por un
texto, a sabiendas que los partidos de las dos coaliciones que lo
sustentan y que apoyan al gobierno, se han comprometido formalmente en
un acuerdo, a modificar lo aprobado después del plebiscito.
Retomemos
algunos hitos básicos para entender la lógica en que nos estamos
desenvolviendo: hace tres años, cuando el Presidente Sebastián Piñera
tambaleaba torpemente y corría el riesgo de desmoronarse del todo, en un
gesto que honra a la clase política chilena en su conjunto, se alcanzó
un acuerdo para reemplazar la actual constitución. Se le daba así una
salida política a la crisis que se expresaba masivamente en la calle,
con su corolario de violencia descontrolada. Recordemos que una parte de
quienes hoy gobiernan, condenó categóricamente ese acuerdo, tratando
hasta de traidor al actual Presidente por haberlo firmado. Que el
contenido de lo acordado haya correspondido o no a las heteróclitas
demandas de la calle, para este caso, es harina de otro costal y la
historia nos lo dirá ulteriormente. Un tiempo después, la ciudadanía
ratificaba masivamente en las urnas su voluntad de cambio constitucional
y confería legitimidad y mandato a una asamblea, elegida
democráticamente, la que preparó el texto que ahora se somete a
plebiscito. Durante todo este proceso, en ningún momento, se mencionó
que el proyecto podría ser modificado por la voluntad del actual
ejecutivo junto a los partidos de gobierno. De haberse planteado esta
eventualidad, seguramente, ni siquiera hubiéramos tenido una Asamblea
Constituyente. Sucede, además, que quienes han acordado, con extrema
dificultad, esta serie de puntos para modificar el texto constitucional,
tuvieron una amplia mayoría dentro de la asamblea que lo preparó, y
pudieron, perfectamente, haber votado lo que hoy pretenden reformar
después que la ciudadanía se pronuncie, lo que, si no es
contraproducente, es al menos sospechoso para los ciudadanos que somos,
alejados de los conciliábulos que se producen en los pasillos del poder.
Lo
paradójico es que quienes votarán por aprobar, deberán hacerlo por la
totalidad de los artículos de un proyecto que, por la exclusiva voluntad
de la cúpula de algunos partidos políticos, podría quedar parcialmente
obsoleto en unas semanas más. Los deslindes de la obsolescencia, o de lo
“perfectible” (…la expresión es del Presidente Boric) siguen siendo
inciertos, ya que están sujetos a interpretación y al hecho de contar
con las mayorías parlamentarias para reformarlo. La contradictoria
elocuencia manifestada después del acuerdo, hasta por quienes al
principio se oponían a su firma, explica su falta de sentido y deja de
manifiesto una estrategia electoral mezquina de los
dirigentes firmantes. Y para abundar en la confusión, escuchamos al
jefe de un partido de gobierno, quien después de haber firmado su
compromiso, advierte que “no podemos garantizar de hacer las cosas,
porque en esto tendrá que
haber debate popular”. En el caso de ser aprobado por el pueblo, lo
mejorable del texto —del que pareciera que ya casi nadie quisiera
hacerse cargo en su estado actual— dependerá de la correlación de
fuerzas después del resultado de 4 de septiembre, y del entendimiento
entre los que gobiernan, lo que —por decir lo menos— no ha sido la
tónica hasta hoy. En una metáfora un poco abusiva, pero que todos
comprenden, diríamos que quien vota apruebo estaría poniéndole su firma a
un cheque en blanco, sin saber si podrá cubrirlo mañana o si le saldrá
protestado.