Aquel martes 11 de septiembre de 1973, inicié mi día como era de costumbre, me desperté como siempre a las siete de la mañana para ir al colegio que quedaba a dos cuadras de mi casa. En ese entonces, con mis 14 años cursaba el octavo año en la Escuela Standard en la ciudad de Temuco.
Luego de mi desayuno, una hallulla con una taza de té, me fui con mi bolsón en mi espalda rumbo al colegio, al llegar, como dice un conocido colega periodista de la televisión, “nada hacía presagiar lo que pasaría horas más tarde. Y la verdad que así fue, ya que el ingreso a clase a las ocho de la mañana fue con total normalidad, eso sí, que nuestro profesor jefe, tras recibirnos en la sala de clases, nos dijo que nos quedáramos tranquilos y que el volvería unos minutos más tarde.
Inocentes de todo lo que estaba pasando, sin duda estábamos “felices” por solos en la sala, sin profesores y obviamente sin clases. Pero pasada las nueve de la mañana vimos ingresar a nuestro profesor jefe junto al director del colegio, ambos se dirigieron a nosotros señalándonos que por esa mañana no tendríamos clases y que nos fuéramos a casa de inmediato y que por ningún motivo pasáramos a otro lugar.
Encaminé mis pasos de regreso a mi casa y, al llegar, recuerdo que una de mis hermanas estaba apegada a la radio (una radio RCA Víctor), escuchando muy atentamente lo que estaban transmitiendo. “Nos echaron para la casa pues no tendremos clases hoy y es probable que mañana tampoco”, le dije. Ella me respondió, “que bueno y métete a tu pieza y no salgas a la calle por ningún motivo”.
Fue en ese momento en donde mi curiosidad de adolescente me hizo preguntarle por qué estaba escuchando la radio (no teníamos tv) y qué es lo que estaba pasando. Con una voz afligida me dice que hay un golpe militar y que iban a bombardear La Moneda, que iban a derrocar al Presidente. A decir verdad, en ese momento no entendí mucho, o casi nada de lo que significaba un Golpe de Estado, menos aún, que atacarán La Moneda y quizás por primera vez escuché la palabra derrocar.
Desde ese día me convertí como otros miles de adolescentes, en un testigo de lo que vendría en los días, meses y años posteriores. Conocí lo que era un toque de queda y de las restricciones. De apoco fui conociendo el significado de un Golpe de Estado y de la instalación de una dictadura militar. De aquel día del 11 de septiembre de 1973, han pasado 50 años y nunca imaginé que luego de cinco décadas, estaría sentado frente a un computador escribiendo un recuerdo y una reflexión personal de lo que se inició aquel martes, que, sin duda, marcó para siempre una etapa de mi vida.
Hoy a próximo a cumplir 64 años, puedo decir que fui testigo de lo que vino a contar desde Golpe de Estado, de una dictadura que duró 17 años, en donde se cometieron sistemáticas violaciones a los derechos humanos, se limitó la libertad de expresión, se suprimieron los partidos políticos y el Congreso Nacional fue disuelto. Pero sin duda, las muertes y las desapariciones de compatriotas son las heridas que en 50 años no se han logrado sanar y, que, por este tiempo, mantiene a nuestro país en un clima de polarización y de división.
Cada cual tiene su visión y pretende instalarla, lo que no podemos discutir, pero más allá de la visión de cada uno, mi reflexión es que todos debemos cuidar nuestra democracia que tanto nos costó recuperar y que no volvamos cometer los errores que nos llevó en primera instancia al quiebre institucional y luego al Golpe de Estado, nada ni nadie puede justificar el antes ni el después de aquel 11 de septiembre de 1973.