No es necesario decirlo,
ni atribuirlo a modernidades. El hombre, el de hoy, el de ayer, es, ni
más ni menos, el mismo en sus atributos físicos; sin embargo, sí ha
cambiado en sus atributos sociales, emocionales, afectivos; es otro, o
está en tránsito hacia ello.
Hoy,
y más significativamente en los últimos cuarenta años, por ajustes de
la sociedad en occidente, la relación entre el hombre y la mujer ha
experimentado acomodos en los ámbitos societarios, familiares,
interpersonales, constituyéndose cada vez más en entes sinérgicos de la
familia, por ejemplo.
Empero,
no se trata de un ajuste de roles desde la palabra. No se trata de
promesas, de juramentos, de normas de bien convivir, sino de actos, de
actuaciones. Para ejemplificar, nos valemos de un microdiálogo muy
común, demasiado común: La mujer dice, “- ¿No lavaste los platos?” El
hombre responde, “- ¡Nunca me lo pediste!”
Hábito
o respuesta casi regulada, casi normada. Roles de práctica
consuetudinaria, ella y él. Ella pregunta, él responde. Bien, pero mal.
“‘Ayudar
en casa´ no es suficiente, hay que compartir la carga mental”, afirma
Alberto Soler. Es claro, está claro, no basta con ayudar en los
quehaceres de la casa o en la crianza de los niños. Hombre y mujer se
deben corresponsabilizar en esos afanes, qué digo, no son afanes, son
deberes. Son responsabilidades, de ambos. Los niños y los quehaceres del
hogar no son patrimonio de uno, de una, de nadie en particular. A ambos
asiste igual responsabilidad, igual deber.
Ayudar,
según el diccionario de la lengua española, es “hacer algo de manera
desinteresada para otra persona por aliviarle el trabajo, para que
consiga un determinado fin, para paliar o evitar una situación de
aprieto o riesgo que le pueda afectar, etc.”
Bien,
nada mal. Pero hay que ir más allá, no se trata de ayudar, sino de
hacerse cargo de la planeación, de la ejecución, de los mil y un
detalles que requiere la marcha de una familia, de un hogar. ¿Qué? ¡Sí!,
hay que pasar de la sola ejecución al esfuerzo mental intencionado para
lograr resultados concretos. Hay que procesar información y tomar
decisiones. Se trata ni más ni menos que de la carga mental, casi
siempre previa a la carga física, anterior a la acción, a la ejecución.
Bien
por el hombre que barre, que pasa la aspiradora, que hace las camas,
que limpia, ordena, pone la mesa, compra las provisiones, lava la loza, y
algo más.
Pero
está claro que en estos tiempos y en los que vienen, todos los hombres
hemos de hacernos cargo, de manera dialogada, y por consenso también, de
parte de la carga mental con que los deberes domésticos han gravado
tradicionalmente a la mujer.
Capisci?