Comprender el país desde el desarrollo de las personas

Una
falencia de Occidente es que ha asimilado y centrado el desarrollo en
el plano meramente económico. Este fenómeno ha pauperizado el valor de
la persona humana y su dignidad, así como expresiones magníficas de la
vida como lo es arte, el pensar filosófico y teológico.

Así,
encontramos países con logros económicos notables y estándares de vida
excelentes, pero que muestran altas tasas de suicidios, consumo de
sustancias para, aunque sea por un momento, escapar de la realidad, y
otros problemas sociales de la máxima gravedad.

El
desarrollo ha de entenderse integral, es decir, del hombre en cuanto
cuerpo y espíritu, y a todos los hombres, y que se centre en lograr que
las personas pasen de condiciones menos humanas a condiciones más
humanas. Occidente no promueve la solidaridad entre las personas como
una forma de vida y de comprender el mundo, sino que como mero
asistencialismo para lograr una comprensión más amplia de la realidad y
responder a las preguntas que anidan en el ser humano, la formación de
los ciudadanos es fundamental. Una formación que ayude a encontrarle el
sentido de la vida y a sacar lo mejor de sí para ponerlo al servicio de
los demás, lo que es impensable al margen de una comprensión
trascendente de la realidad, del quehacer en el mundo y de los demás.

No
basta que respondamos la pregunta de qué vamos a vivir -pregunta
fundamental por cierto- sino que también y junto a ella -para qué vamos a
vivir-, pregunta que requiere reflexión, estudio y, sobre todo,
apertura a los demás como posibilidad de ser y no como amenaza.

Creo
que Chile está embobado con el crecimiento económico que ha tenido. En
mi opinión, una de las causas de su actual estancamiento se debe al
desencanto de las personas que ven carreteras extraordinarias pero no
sentido a sus propias vidas; ven crecer las ciudades, pero cada vez
encuentran más dificultades para encontrarse con otros seres humanos y
vivir la experiencia de amar y ser amados.

En
definitiva, nos hemos olvidado de que lo sustantivo de la vida es ser y
que desde ese ser surgirá como consecuencia ética el hacer nuestro
quehacer lo mejor posible en vistas a un proyecto compartido.

Otro
elemento que opaca la posibilidad de ser un país auténticamente
desarrollado es que se ha pauperizado la familia y el matrimonio como
elemento constitutivo de este, y se habla poco o casi nada de las
virtudes como la honradez, la castidad, el valor de la palabra empeñada,
la búsqueda de la verdad, el sacrificarse por el otro, entre otras
cosas, que el hombre está llamado a vivir dada la alta dignidad que
posee y que le reconoce a los demás. El aumento significativo de
separaciones y divorcios, con todo lo que ello implica, sobre todo para
las mujeres y los niños, sumado a hechos cada vez más notorios de
corrupción y violencia por doquier muestran una sociedad que se degrada
humanamente, y ello sin duda que repercute a la hora de comprenderse
como parte de un proyecto común frente al cual cada uno está llamado a
aportar desde sus competencias, habilidades y destrezas que posee.

Tal
vez reflexionar con mayor profundidad sobre el impacto real que tiene
en la vida de las personas, las familias y la sociedad una fe
auténticamente vivida y proclamada nos puede ayudar a dos cosas: la
primera, percibir que para muchos católicos la fe y la vida no se
vinculan en nada (lo que hay que revertir prontamente, si no la fe será
irrelevante) y, la segunda, que para muchos la fe es un hecho más bien
social que un modo de pensar, de vivir y de actuar que se manifiesta en
la vida diaria como cultura.

Pasar
de comprenderse como católico desde la esfera de lo privado a lo
público será el camino para vivir -al menos, en cierta medida- la
civilización del amor que tanto añoramos.

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