Preocupación
permanente mantenemos frente a los acontecimientos que experimentamos
en el día a día. La educación, lamentablemente, no ha sido la excepción y
por estos días se tomó los diarios y las noticias de televisión y no de
la mejor manera al conocer diversos robos que sufrieron algunos
establecimientos educacionales de Punta Arenas. Ya ni las escuelas se
salvan.
El
tema es tan gravitante que sobrepasa lo estrictamente educativo, y cómo
no, si a la inseguridad en algunas ciudades, la violencia en La
Araucanía y la delincuencia en la zona central, se suma ahora, la
inseguridad de las escuelas.
Parece
que ya no basta con tomar lo ajeno, ahora también quieren ir por los
recursos y medios utilizados nada más y nada menos que para educar a
niñas, niños y jóvenes.
Al
parecer, en la actualidad la preocupación ya no pasa por lo que
aprenden o dejan de aprender los hijos e hijas, tampoco lo es si la
infraestructura escolar es la adecuada o si el plantel docente está
cumpliendo con las competencias requeridas, no, ahora resulta que
debemos estar atentos para que los establecimientos educacionales no
sean objeto de robos.
Lamentablemente
se ha perdido o ahogado la visión incipiente que genera desde sus
inicios el sistema educativo y que dicho en buen romance, no es otro que
generar buenas personas que sean capaces de desarrollar sus
potencialidades y capacidades en bien de la sociedad.
Obviamente
que todo ello reforzado, y como dirían nuestros abuelos, dotado de una
buena crianza que lo haga merecedor de su cartón ( léase, titulo). Esas
eran las aspiraciones. O sea, contribuir a las comunidades a partir de
una buena formación que pueda entregar la escuela, a partir del diálogo y
relación con las familias.
Como
no recordar a las escuelas normales y su dinámica formativa integral
que dejó una huella imborrable en nuestro sistema educativo.
Claro
que también es muy cierto que todo es finalmente un reflejo más o menos
cercano a la realidad que palpitamos en la calle, es decir, cuando la
sociedad ha sido tolerante con la violencia o la agresión validada como
medio para la obtención de objetivos, es bastante complicado después
poder combatirla. Algo así nos debe estar pasando, de lo contrario
cuesta comprender que alguien pretenda hacer daño allí donde se educa.
En
el momento en que le perdimos el respeto a las instituciones y a las
propias personas, perdimos también la posibilidad de relacionarnos de
otra manera quedando como opción la violencia y el ataque en reemplazo
del diálogo y el respeto por las diferencias y por quienes piensan
diferente a nosotros.
Los
hechos delictuales de los que han sido objeto las escuelas despojadas
de recursos y materiales que nunca resultan sencillos de obtener, no es
otra cosa que el robo a la posibilidad de seguir educando a quienes
requieren continuar con su necesaria formación, hipotecando el sueño y
aspiraciones de la niñez y de sus familias.
Frente
a estos episodios, se requiere una respuesta contundente y firme por
parte de quienes corresponda, al tiempo que se necesita respaldar a las
comunidades educativas en su conjunto, no solo para evitar nuevos actos
delictivos, sino también para enviar un mensaje a las familias y a la
sociedad sobre la importancia de cuidar la educación como valor
fundamental sobre el que se construye una sociedad más justa e
igualitaria para todos.