Cuando
pronuncié la palabra “telegrama”, observé sus ojos de sorpresa. ¿Qué es
eso? —Me preguntó una—, mientras las otras me observaban. Tuve entonces
que explicarles. Les hablé también del télex, que para mí, cuando tenía
la edad de ellas, era la modernidad misma en las comunicaciones.
Proseguí con los radioaficionados que pasaban horas buscando contactos
por el mundo para entregar o recibir una noticia con frases tan propias
como “es todo, adelante, cambio”. Claro, para los que han crecido con
celular y se comunican a distancia por video-llamadas, esas cosas
pertenecen a otro mundo. Me abstuve de narrarles que cuando niño, yo
escuchaba por la radio los mensajes para la gente del campo: “Arturo
Flores, estancia María, o donde se encuentre: viaja urgente, esposa dio a
luz esta mañana”. Mis nietas no hubieran comprendido que uno podía
enterarse del nacimiento de su hijo por la radio. Como continuaban
atentas, aproveché a decirles que, antes de casarse, mi madre había sido
telegrafista, de aquellas que enviaban telegramas con los puntos y
rayas del alfabeto de Morse y, tomando un lápiz, lo golpeé varias veces
sobre la mesa imitando los sonidos. Las tres se rieron, y yo también con
ellas, al comprender que había sobrepasado la dosis de mis
explicaciones arqueológicas. Escuché decir a la mayor que, para ella,
esas cosas eran “como de otro planeta”. Me quedé entonces pensando y
recordé que cuando era estudiante, trabajé como tipógrafo en un diario
durante mis vacaciones. ¿Cómo podría explicarles la importancia que tuvo
por siglos la tipografía de letras metálicas, moldes y enormes rollos
de papel para las rotativas y, cómo los tipógrafos —obreros que leían—
eran un gremio especial, cuna de dirigentes sindicales y políticos?
Después,
mientras mis nietas jugaban arrastrándose por el suelo y yo las
contemplaba con la satisfacción de solamente verlas jugar, auxiliado por
mi buena memoria, retrocedí a mi infancia: vi pasar por la vereda al
cojo Núñez, con su maquinita de ruedas, haciendo sonar un pito, rodeado
de niños curiosos por ver chispear la amoladora de cuchillos y tijeras;
al lechero García, con su carro celeste tirado por dos caballos y su
tacho de aluminio, puntualmente, a las nueve, golpeando la ventana de mi
casa; al herrero Águila, que con yunque y martillo, cambiaba las
herraduras de los caballos de la cervecería de Fisher, o de las carrozas
funerarias; escuché a las telefonistas preguntando “número, comunico,
hable”; recordé a Nikica, el carnicero de delantal manchado con sangre
alzando el cordero para pasarle el serrucho, ese que hablaba enredado y
me decía “kako si di” al saludarme; al gordo Nancuante cortando las
entradas del gimnasio los domingos, y en el mismo gesto, a los porteros
del Palace y Cervantes; al camión de Barría, repleto de carbón de mina
Pecket, con los cara sucias de entonces bajando al hombro
los sacos y yo mirándolos de lejos, no vaya a ser que uno de ellos sea
el Viejo del saco; a los sepultureros, detrás del cura de sotana negra y
roquete blanco, precedido por “Rulito” dando saltos chiquitos,
encabezando el cortejo; a la gente endomingada en la plaza, paseando
después del desfile, antes de almorzar rapidito, para no perderse la
primera carrera del Club Hípico; al alcalde Guajardo, el del cuello
torcido, bien engominado, revisando la plantación de arbolitos; al niño
ansioso que espera, de cara al viento, cerca del río Chabunco, el arribo
del DC-6 en el que vuelve su madre y ve caminar a los pasajeros por la
pista de ripio, advirtiendo desde lejos su sonrisa, mientras él llora de
alegría; recordé los zapatones empapados por el aguanieve y mis manos
entumidas buscando la tibieza de la estufa de la cocina… Rememoré mucho
más, esa tarde, mientras mis nietas corrían. Es que al verlas jugar, uno
resucita imágenes que lo van acercando a lo que tanto debe parecerse a
la felicidad. Todo lo revivido lo he vuelto a guardar con mucho cuidado,
no vaya a ser que se me olvide.