A propósito de los 50 años desde el 11 de septiembre de 1973, se alzan voces condenando la violencia ocurrida en esa fecha histórica. Algunos con tono grave espetan un “nunca más”. Otros pretendiendo ganar el relato de la “verdad”, disocian totalmente lo sucedido ese día con los mil días de la administración de Salvador Allende y la Unidad Popular. Es evidente que la violencia política, que de esto se trata estas líneas, es condenable. Y lo es porque entre otras razones, la democracia se construye con diálogo y entendimiento, sin imposiciones. Pero si se ha de condenar esta violencia, entonces se debe ser consecuente con tal postura. Si se está contra la violencia política debe ser por activa y por pasiva; por acción y por omisión; venga de los unos o de los otros.
Cualquiera que deje a un lado la pasión desbordada debe admitir que hubo mucha violencia en el gobierno de Salvador Allende. Siendo niño el autor de estas líneas, pudo observar la violencia en las calles de la ciudad. La desesperación de las dueñas de casa por obtener productos para alimentarse, generaba episodios de violencia tanto física como psicológica. El mercado negro y el racionamiento en esos años violentó a los habitantes del país. Conseguir productos básicos se volvió fuente de tensión. La expropiación de fábricas, bancos y tierras por parte del gobierno, sin lugar a dudas que provocó odios y resentimientos que devinieron en violencia política. La estadía por tres semanas en el país invitado por Allende de uno de los más grandes asesinos y dictadores vitalicios del mundo como lo fue Fidel Castro, también generó violencia política. La clausura por seis veces de un radio, medida propia de las dictaduras, como lo fue Radio Agricultura, tampoco dejó indiferente a la ciudadanía. Pretender imponer desde el gobierno y sin tener mayoría, un solo modelo de educación, como lo fue la Escuela Nacional Unificada, la ENU, generó protestas y enfrentamientos armados por doquier en las calles. Eso y mucho más se terminó con otro episodio violento, como lo fue el Golpe de Estado. La violencia desde el gobierno se saldó con la violencia militar ¿Era posible otra salida? Retrotrayéndose a esa época, parece difícil haber encontrado otra salida. No era y ni es hoy deseable tal solución y sólo constato hechos.
Cincuenta años después y cuando necesitamos concordia y entendimiento, estamos enfrentados como chilenos. Y el actual gobierno que tiene la mayor responsabilidad de crear un clima de unidad, se empeña en revivir rencores añejos. Aun no se alejan de esa posición autoconferida de superioridad moral. La alusión a la cobardía de un suicida que hizo el Presidente Boric, sólo se entiende porque se ven superiores a quienes no piensan como ellos. Sin perjuicio que ese comentario es de suyo violento psicológicamente para su familia.
Y si de condena a la violencia se trata, el indulto del Presidente en diciembre recién pasado a personas que cometieron delitos violentos, deja en gran duda la veracidad de su condena a la violencia. Cómo es posible que quien se declara contrario a los actos violentos, permita la libertad a condenados precisamente por cometer delitos violentos. Para que decir las pensiones del gobierno a muchos de quienes participaron en los graves hechos suscitados a partir del 18 de octubre del 2019. Las señales dadas por las actuales autoridades tolerando o derechamente justificando la violencia política de partidarios, es lamentable. Especialmente cuando con ceño fruncido condenan la violencia de los otros.