¡Qué
intríngulis! Las personas, en tanto seres sociales, seres humanos que
vivimos en comunidad, en familia, requerimos interactuar, comunicar,
comunicarnos. ¿Motivos, razones? Mil y una. Comunicar nuestras
experiencias, nuestros sentimientos, nuestras alegrías, nuestros
dolores, lo que hemos aprendido, nuestras necesidades, nuestras
interrogantes.
Y
así lo hacemos, lo hemos hecho, con habitualidad, per saecula
saeculorum. Hoy lo hacemos, pero menos. ¿Por qué menos? Porque, aunque
tenemos más oportunidades de informarnos, de saber lo que sucede en
nuestro entorno próximo y lejano, nos informamos mucho menos de nuestro
entorno humano cercano, el familiar, el social.
Sabemos
menos de la cotidianidad de nuestro entorno, de los nuestros, de
quienes o con quienes compartimos el vivir periódicamente. Sin embargo,
sabemos un poco más de lo ordinario, de la información del día a día,
desde las redes sociales, desde las aplicaciones que ocupamos
digitalmente en nuestros teléfonos inteligentes, o notebooks. Y, a
veces, aunque no queramos, asoman, como flyers, mensajes y más mensajes
no solo de ofertas comerciales, sino titulares noticiosos abreviados que
algún “administrador” no conocido cree que es de nuestro interés.
Desde
un buen tiempo a esta parte la inteligencia artificial campea en
nuestro vivir diario de mil y una formas, sabe cuáles son nuestras rutas
diarias, las anticipa; no bien hemos encendido el motor de nuestro
vehículo, ya nos anuncia que estamos, qué sé yo, a diez o a veintiún
minutos de nuestro “hipotético” destino (¡cómo sabe!). Y muchas veces
está en lo cierto. Y al regresar, igual. ¡Somos predecibles! Y este es
un solo ejemplo. Ustedes pueden añadir otros. También saben de nuestros
gustos musicales, de películas que podrían agradarnos, y más, mucho más.
Nuevas evidencias de que estamos conectados, que somos predecibles, y que “alguien”, “algunos” saben más de nosotros, pero no los conocemos, no sabemos sus nombres. Somos algorítmicamente conocidos.
No
obstante, estos medios tecnológicos que nos auxilian, nos acompañan, no
son muy contributivos en la restauración de la comunicación afectiva,
la comunicación cordial (esa de corazón a corazón). ¡Conectados, pero no
comunicados!
Hace
un tiempo le solicité a un grupo de exalumnos que nos comunicáramos
epistolarmente (¿qué es eso?), que nos comunicáramos por correspondencia
postal (¿qué es eso?), que tomáramos una hoja de papel y escribiéramos a
mano alzada, un mensaje, una puesta al día entre unos y otros. Teníamos
que compartir nuestras direcciones (ya no nuestros correos electrónicos
ni nuestros números telefónicos de contacto). Les confieso algo, no prendió mucho. Recibí una postal.
Fue un buen intento. Habría que intentarlo nuevamente.
¡Conectados,
pero no comunicados! Con el diagnóstico esbozado, comencemos. Dejen,
dejemos a un lado el teléfono inteligente, por un rato, y conversemos.
Sigamos. Apaguemos el televisor, y conversemos. Hay que tomar la
iniciativa. Y quizás, no comenzar la conversación con la clásica
pregunta ¿cómo te fue? Esa hay que silenciarla o revertirla y cambiarla
por un ¿cómo estás?, sutil, natural. Y dejar que todo fluya.
Tenemos tarea, sin duda, tenemos tarea.