Conformación ética para desafíos actuales

Por
donde se mire hay evidencias de conflicto entre lo que es y lo que
debería ser la vida cotidiana, ese modo de vivir de las personas que se
expandía dentro de una normalidad ahora quebrada por la crisis de la
pandemia y variables asociadas. En un ambiente global dominado y en
ciertos casos superado por las crisis ha surgido una amplia gama de
opciones ofrecidas para sobrellevar, de una manera lo más cercana
posible a un ideal de convivencia, los efectos de nuestras propias
decisiones o las de nuestros representantes, tomadas con anterioridad y
suponemos que orientadas al bien común. Así, hemos llegado a conformar
una desafiante sociedad líquida globalizada y con su cortejo de
individualidades exacerbadas, de la cual hablaba Bauman, tan distante de
esa otra cultura matríztica enraizada en el hacer con el otro más que
en el ser individual y de la cual nos habló insistentemente Humberto
Maturana. No hay reglamento posible que pueda definir categóricamente
qué es lo que está del lado correcto y qué es aquello que necesita
reparación o cambio, desde ya un problema considerando que estas
consideraciones, que deberían apuntar al mejoramiento y perfección de la
sociedad humana, descansan fundamentalmente en aspectos éticos. Aquí
adquieren relevancia los valores que forman parte de la herencia natural
de todos los humanos y que, como bien expresa Harari, conforman un
tradicional código de ética laico y que se nos presenta, de manera
realista, como un ideal al que aspirar más que una realidad social. Las
personas del mundo laico buscan el perfeccionamiento de sus acciones
manteniendo una brújula moral de compromiso ético en constante
perfeccionamiento, valioso si consideramos que no es fácil vivir a la
altura de un ideal. El compromiso laico más importante desde una
perspectiva ética es con la Verdad, que se basa en la observación y la
evidencia y no en la simple fe. La orientación laica orienta a
distinguir entre verdad y creencias, a desarrollar la solidaridad hacia
todos los seres que sufren, a apreciar la sabiduría y las experiencias
de todos los habitantes de la Tierra, a pensar libremente sin temor a lo
desconocido, y a ser responsable de sus actos y del mundo en su conj
unto.
A partir de este punto, las miradas de futuro son obviamente
dependientes de la época dentro de la cual se instalan los objetivos
éticos de desarrollo individuales y colectivos. En estos momentos de
múltiples y constitucionales incertidumbres, la exigencia ética es
avanzar hacia condiciones más favorables y de mayor sustentabilidad
social y ambiental, sobre la base de un diálogo basado en principios y
valores éticos esenciales y asentados en una acción fraternal y en una
decidida voluntad de consenso. Esta condición debería ser uno de los
fundamentos iniciales para enfrentar los innumerables desafíos que
impone el estado de la humanidad en su conjunto y que adquiere
dimensiones globales, en donde el origen de los cambios que esperamos
todos y todas puede ser la resultante de una combinación efectiva de
acción de cada uno de los habitantes de la región, del país y del
planeta. Sin dudas, ello requiere de aportes constructivos que permitan
ser tejidos para originar nuevas y cada vez mejores posibilidades de
convivencia que realcen la libertad, la igualdad y la fraternidad. Solo a
través de estos principios ide
ales
y humanistas laicos es posible pensar soluciones que contribuyan a una
sociedad que asegure la libertad, el bienestar y el crecimiento personal
de sus integrantes.

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