¡Qué
es esto! ¿Confort? ¿Sacrificio? Palabras que hemos escuchado o leído
bastante, mucho, en el último tiempo. No hay quien no las emplee, a
propósito de nada y de todo. En realidad, no son solo las palabras
antedichas, sino las expresiones “zona de confort” y “zona de
sacrificio”. La primera se utiliza para relevar ideas que instalan, o
nos instalan a unos o a otros en ambientes confortables, cómodos; el
caso contrario, la así denominada zona de sacrificio, se ocupa para
referir a escenarios o realidades no deseadas, incómodas o derechamente
sufrientes.
El
uso de estas expresiones utilizadas principalmente por dirigentes,
parlamentarios, autoridades de gobierno, comunicadores, y reiteradas
para hacer parangones de un antes y un después, o de un aquí y un allá,
para ponernos en situaciones paradigmáticas simuladas de nuevos
contextos, prometidos, soñados, en contraste con experiencias vividas,
malvividas o bienvividas, y allí asoma y prima la subjetividad, lo
arbitrario. Nadie puede saber qué concepto de confort o de sacrificio
tenemos cada uno, o qué concepto de confort o de sacrificio hemos
vivido, o hemos construido en nuestras experiencias de vida, y si lo
hemos gozado o padecido. ¡Todo es tan relativo!
Confort.
“Bienestar o comodidad material”. Así reza, en su única acepción, el
Diccionario de la Lengua Española. ¿Suficiente? ¡No! Si hurgamos en la
sinonimia (subjetiva, por cierto), descubrimos expresiones tales como
lujo, prosperidad, desahogo, riqueza, comodidad, entre otras, Obsérvese
lo amplio y difuso de estas equivalencias. Las fronteras, los límites de
significado de estas palabras son de una vaguedad, una imprecisión
supina. Nadie siente tener claridad acerca de la significación de una,
otra y otra palabra. Todos tenemos una idea, una cierta idea, pero
diferente, aplicables a contextos y dominios variados. Lo que es confort
para uno, no necesariamente es así para otro. Lo mismo es aplicable a
las expresiones sinónimas.
Sacrificio.
“Acción a que alguien se sujeta con gran repugnancia por
consideraciones que a ello le mueven”. ¡Cuánta metáfora de por medio! O
esta: “Esfuerzo, pena, acción o trabajo que una persona se impone a sí
misma por conseguir o merecer algo o para beneficiar a alguien”. Cual
sea, el sacrificio en sí es autodisciplina, esfuerzo, dedicación,
constancia, lucha, perseverancia, estudio, aprendizaje,… y padecer,
tolerar, armarse de paciencia, tener aguante, pasar penurias.
Nada es fácil en este tránsito. Del sacrificio al confort, o del confort al sacrificio.
De
todos modos, todo es tan relativo, tanto desde la perspectiva del otro,
como desde la perspectiva de uno mismo. Lo soñado, lo anhelado casi
siempre está fuera, a veces, lejos de la así llamada zona de confort.
Esta zona es más bien la zona de la comodidad, mientras que el logro, la
meta, los fines más parecen zona de sacrificio, es la jornada de
trabajo, es la relación laboral, la jerárquica, las metas, las
tensiones, y esta zona de sacrificio contamina la así llamada zona de
confort.
Que
la zona de confort es un objetivo, un colofón, un fin, puede ser. Que
la consecución de ella no está exenta de sacrificios, molestias, enojos,
quejas, por cierto. Lo que es preciso, entonces, es el equilibrio, la
prudencia, la circunspección, la sensatez.
¿Cómo
hacer? ¿Qué hacer, además? Separar aguas. No contaminar la zona de
sacrificio con la zona de confort o viceversa. Dar espacio a la paz
interior, no dejarse llevar por los arrebatos.