Constitución, ¿o anti-Constitución?

El
inicio de las campañas para la elección de constituyentes que, se
supone, redactaran una nueva Constitución para Chile, despliega toda
clase de farándulas argumentales y frases manidas y clichés, que ponen
énfasis en la forma que presume es lo más importante de dicha labor
constituyente, como si lo mas importante no fuera el contenido, no la
forma o procedimiento. Las instituciones valen por sí mismas no por lo
formal de su establecimiento o creación.


La Constitución es la ley fundamental de la República, la organiza
sobre el territorio nacional, establece las atribuciones de los poderes
públicos, y reconoce y garantiza los derechos fundamentales de sus
ciudadanos y habitantes. Tiene la esencial importancia de que todo el
ordenamiento jurídico de ese Estado se cimenta en la norma
constitucional, por tanto, prevalece frente a las demás normas del tipo
que sean. A la Convención van algunos candidatos que eso lo tienen o
debieran tenerlo muy claro, y otros que no tanto o simplemente opinaran
desde la ignorancia, como la gran mayoría.


Pero no puede olvidarse la esencia misma del concepto. Las
Constituciones como hoy las entendemos, son de data relativamente
reciente, surgen como contrapeso al absolutismo monárquico de la edad
moderna y dan origen a los tiempos contemporáneos. Es pues de la esencia
de cualquier constitución la defensa y garantía de derechos del individ
uo
frente al estado, el Leviatán descrito por Hobbes. Por consiguiente, es
incongruente con la República contemporánea, que la Constitución
otorgue más derechos o facultades al Estado, porque esos derechos
necesariamente se los arrebata al individuo, no hay término medio.


Las concepciones en boga entre la clase política chilena de forma
transversal, que pretenden que en la nueva Constitución el Estado tendrá
mas injerencia, no se compadecen con los derechos de las personas que
dicen querer defender o acrecentar con el subterfugio de los “derechos
sociales”, que nadie tiene claro en qué consisten como concepto a
excepto en que necesariamente deberían ejercerse a través del mismo
Estado, es decir, incrementando su poder y facultades y reemplazando al
individuo. La “ecuación” es bien simp
le:
a mayor poder del Estado, menor del individuo. Caer en la trampa
semántica de los “derechos sociales” importa quitarles derechos a las
personas reales, la “sociedad” es un concepto vago, impreciso y
abstracto que carece de entidad jurídica siquiera, por lo que
necesariamente “derechos sociales” se refieren a “derechos del Estado”.
Karl Marx decía que solo el Estado podía tener derechos, aunque no es el
único de ese pensamiento. Por consiguiente, quienes preconizan sea esa
la tónica de una nueva Constitución, están promoviendo en realidad una
“Anti-Constitución” que le devuelve poder al Estado, es decir, crea una
nueva forma de absolutismo moderno en que ese nuevo Estado tiende a
autoalimentarse y distanciarse de los individuos, aunque les pida sus
votos cada cierto tiempo. Despotismo ilustrado se le llamó en otros
tiempos de absolutismo, “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” es el
concepto, “vanguardia del proletaria
do”
para los comunistas. Es pues la tentación de crear un nuevo Estado, un
“Estado profundo” y poderoso que decida por los hombres. Grandes
pensadores de otras épocas concibieron que la Historia y los regímenes
políticos en ella son cíclicos. Una “anti-constitución” que nos lleve a
un absolutismo estatal no sería más que volver de una democracia ya
corrupta, pasando a demagogia, a una nueva forma de Imperio, globalista,
en que como también nos enseña la Historia, los emperadores se creen
dioses.

Por esta razón, la labor constituyente será muy delicada, asegurar
nuestra existencia y seguridad como Nación y Estado, pero también
asegurar la República, la única forma política en que el individuo
prevalece y es respetado. Cuidado pues con la “anti-
constitución” que tienta a varios, más Estado es siempre menos libertad y derechos verdaderos.

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