Los
candidatos a constituyentes, en la que con seguridad será la elección
más relevante en décadas, ya están en las papeletas y hemos vistos
distintas presentaciones en que los perfiles no están claros y por
cierto menos las propuestas, no tenemos claro si algunos postulan a hijo
ilustre de la Región de Magallanes, Padres Fundadores o Presidentes de
Curso, de algún liceo emblemático. El problema no es sólo
responsabilidad de los candidatos sino que de los partidos políticos y
movimientos sociales que con distintas motivaciones se hicieron parte en
este proceso. Una cosa es ser bueno lanzando piedras y otra muy
distinta construyendo el futuro orden constitucional.
En
este contexto, lo mas probable es que la nueva constitución sea una vez
más la obra de un reducido grupo de notables, que sin contrapeso harán
valer sus puntos de vista, valores y principios en la nueva
constitución. Hasta ahora las opiniones vertidas nos exponen a la
confusión y al delirio.
Por
el contrario, de imponerse una mayoría iletrada y plena de confusiones
terminaremos en una constitución mínima, que demolerá muchas de las
instituciones conocidas sin que la comunidad tenga claro porque normas
se reemplazarán.
La
proliferación de candidatos y discursos vociferantes que buscan
realizar los ideales más esotéricos nos permite formular un duro juicio
de reproche a los partidos políticos, que sin excepción, al menos en la
oposición, le dieron a esta elección el mismo trato que a la nominación
de concejales, con todo respeto por los concejales, pues son distintas
las competencias que se requieren para asumir una responsabilidad u
otra.
Hasta
el momento no se ha abierto un debate serio y fecundo, acerca de los
grandes temas que en la Constitución de 1980, divide a los chilenos,
propiedad, bien común, protección de la vida, salud, educación y
derechos sociales, libertades públicas. En el ámbito del trabajo,
libertad sindical negociación colectiva, huelga. En lo penal,
presunción de inocencia y una mayor precisión sobre los principios del
debido proceso legal en sede jurisdiccional y administrativa, la
igualdad ante la ley y la irretroactividad de la ley que en Chile, solo
tiene protección legal. Sobre estas y por cierto, sobre muchas otras
materias nada hemos escuchado y dificulto que así sea, pues una cosa es
exponer intenciones y otra hacer valer buenas razones.
La
pobreza de este proceso electoral tan trascendente para Chile, nos
enfrenta al viejo dilema –siempre es más fácil destruir que construir-,
por eso el deber de todo candidato, conglomerado o partido es presentar
su ladrillo, su propuesta de cambio, que tratándose de una nueva
constitución no son sólo no más sino que los valores y principios por
los cuales se quiere que se rija el Chile del futuro. En este caso no se
trata sólo un cambio de normas sino que de desentrañar los nudos
ideológicos de la Constitución de 1980, desatarlos y superarlos, para
que la democracia sea un proceso sin tutelaje ni amarres que
distorsionan la voluntad popular.
Así,
en estos días hemos escuchado desde poesía hasta quienes muestran sus
mejores pergaminos por haber nacido en Magallanes, pero esto significa
poco y nada al momento de tener opinión, por ejemplo sobre el Tribunal
Constitucional, sobre su existencia, justificación o reforma.
Algo
le sucede a Magallanes, que confunde el chauvinismo con la seriedad de
las propuestas y de los contenidos, una cosa es el amor por el terruño y
otra muy distinta es hacer que éste nos de sus mejores frutos. Hasta el
momento no los hemos visto, sólo constituyentes a la magallánica.