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Una
icónica película de Jodie Foster de 1997 trata de manera especial el
enfrentamiento de lo presente, con todas sus trabas, renuencias,
creencias y limitaciones éticas y morales, con el futuro; es decir, lo
impredecible, lo nuevo, la nueva frontera, lo desconocido.

La
protagonista no solo es desplazada y ninguneada por su jefatura
directa, sino que por medio de acciones poco delicadas se ha permitido
que sea este el que se luzca y se lleve los honores. Ser una piedra en
el zapato y luego apropiarse de un descubrimiento le ha permitido estar
en lo más alto de las esferas de decisiones para intentar controlar
todo, pero, como en un agujero negro, la ambición termina por
destruirlo.

Luchan
en la toma de decisión sobre quién tiene los méritos para hacer el
viaje, quién puede dar cátedras, quién respira principios radicalizados
de creencias en Dios, de la representación que se le atribuye al gran
porcentaje de la civilización, que en esa fecha tenía una creencia
espiritual frente a quien, siendo científica, no entra en su lógica la
falta de evidencia de su existencia. Las fronteras conocidas son
barreras con las que se pretende controlar el pensamiento, y todo lo que
trate de dañarle es visto como un atentado. Es más, ante la clara
evidencia, si se puede omitir, mejor, para no dar espacios a que crezca
como un germen.

Hace
unos días un telescopio nos ha mostrado imágenes del universo con una
claridad como nunca antes se había visto, y eso debiera haber dejado
pasmado al mundo. Nos muestra la insignificancia de nuestra existencia, y
eso es algo que no podemos vislumbrar porque nos tienen enajenados con
la mala práctica informativa y no tenemos capacidad de soltar nuestra
imaginación hacia ese universo. Si ya ha sido difícil profundizar en
nuestras almas y nuestra conciencia, moteando de volados a quienes lo
practican, más difícil es ver lo nuevo tras el lente.

La
batalla entre la certeza y lo desconocido se ha desatado una vez más.
Las prerrogativas, licencias y tabúes inmensamente difundidos nos tienen
en un paraíso virtual del cual solo gozan unos cuantos. Las palmeras de
las playas de nuestra existencia no son más que las sombras de las
construcciones de los edificios de departamentos que impiden ver el
cielo o la montaña nevada de los Andes en Santiago (pero se puede ver
desde lo alto del Costanera Center a $15.000 por persona adulta). Obvio:
limitado solo a un especial segmento de la ciudadanía.

Hoy
vemos a un grupo que se quiere apropiar de la idea de una nueva
Constitución. Los mismos que la rechazaban desde el primer intento de
reforma y que asumieron papeles en la AC para boicotearla, hoy son los
paladines de la reforma, con un discurso aplastante, incluso, simpático.
El cambio que ofrecen, del cual nadie confía, amparado por la fuerza de
los medios de comunicación y de algunos rostros muy bien pagados, trata
de colocar a la sociedad chilena en el borde de un precipicio que solo
les conviene a ellos. La idea es no cruzar la frontera, no aceptar el
futuro, es mantener sus prerrogativas y privilegios y con la obtusa idea
de rechazar para reformar no quieren ver que las estrellas y galaxias
que nos mostró esa foto es el nuevo límite del ser humano y donde
estamos todos llamados a ser parte de esa nueva experiencia, aunque nos
equivoquemos.

Dijimos,
mientras éramos candidato a convencional, que el resultado podría no
agradar a todos, porque cada persona quiere cosas específicas y las
extrañará en su texto final o porque no es el enfoque que le hubiera
gustado. Como canturreamos la canción de Los Iracundos en 1966: “…y la
lluvia caerá, luego vendrá el sereno…”, “Cuántas veces nos han dicho
riendo, tristemente, que las esperanzas jóvenes, son sueños. Muchos de
luchar están cansados y no creen más en nada, de lo bueno de este
mundo”. Cántala y escúchala. Todos somos jóvenes que queremos cambiar
nuestro mundo y no estamos solos.

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