Así
como hemos oído sobre la afectación de los candidatos presidenciales
por haberse expuestos ante un contagiado del virus y que ha obligado a
bajar uno o dos cambios a los revolucionados y ultrarrecalentados
motores de las campañas, interesante resulta hacer un análisis desde la
perspectiva del descanso posfebril.
Después
de un año tremendamente electoral creo que la mayoría de las personas
están cansadas de oír propuestas, contrapropuestas, mesianismos,
talibanismos, agravios o menosprecios de todos los que han postulado a
algún cargo. Estamos expuestos como si de una válvula de presión se
tratare, donde la marcación en verde (la más segura) se reduce cada vez
más en desmedro de la marca amarilla, que implica riesgo, y donde la
sección roja ha comenzado a bullir con tanta fuerza que las resistencias
de sus uniones parecen estar a punto de explotar. La aguja está en el
borde de la línea negra y eso resulta peligroso.
Estamos
a las puertas de un proceso que se nos viene denso, y en estas últimas
dos semanas tendremos de todo, donde la cantidad de candidatos deberá
posicionarse en la mente y visión de la ciudadanía para que contagiados
lleguen a las urnas a marcar “esa” preferencia y no otra. En estos días
no tendremos encuestas públicas de las cuales hacerse valer y generar
sensaciones triunfalistas, por más dirigidas y carentes de sustancia
sean. Sabemos que las consultas (telefónicas o por redes) no representan
el verdadero sentir del votante (porque dependen de los segmentos
convocados y muchas personas no tienen interés en responderlas y
simplemente cuelgan o pasan a otros temas).
Hoy
hay demasiado en juego y quienes manejan mejor las redes sociales y los
medios de comunicación serán los que podrán incidir en el contagio de
las ideas progresistas, revolucionarias o refundacionales, de
conservadurismo extremo o moderado, de las farsas que se tratan de
instalar de personas no creíbles, pero que hablan bonito y dicen lo que
la gente quiere oír. El cuerpo de nuestra nación es como el de aquel que
sale del entubamiento por causa de este poco dichoso virus: se
despierta confundido, sin entender todo el panorama y recibe las
primeras noticias de los más cercanos, quienes evitan contar toda la
realidad; se está adolorido por tanta fiebre e impactos que ya no se
sabe en qué o en quién creer; por último, se está tan adormilado que
puede optar a dos opciones: ir a votar o quedarse en cama.
La
desinformación es lo peor que puede pasar a una conciencia nacional.
Antes se adhería a uno de los pocos políticos destacados que estaban en
la cresta de la ola siempre aspirando a los cargos, y las ideas estaban
centradas en no más de tres bloques. Hoy, con las nuevas tecnologías,
hay una inmensa subdivisión de miradas que hace imposible entenderlas
todas en su real dimensión, y para un país donde se le ha quitado la
capacidad de discernimiento (luego de excluirse ramas de educación
cívica y reducir las horas de historia), los que se la juegan como
superhéroes de Marvel se transforman en adalides del terror, último
mecanismo (y muy eficiente) de contagio posible para atraerlos a sus
ideas.
Un pueblo obnubilado y aterrorizado acepta cualquier vacuna y, como ovejas en una guía de baño, aceptará lo que le den.