COP27: desafío faraónico

Durante
más de 3.000 años la civilización faraónica floreció en el Antiguo
Egipto. Allí se lograron proezas que aún hoy en día nos asombran, como
la construcción de las enormes pirámides y la enigmática Esfinge, y
convirtieron su imperio en uno de los más esplendorosos del antiguo
Oriente.

La
COP27, recientemente realizada allí, se desarrolló en medio de una
profunda crisis económica, desencuentros políticos y la guerra entre
Rusia y Ucrania. Estamos ciertos de que no hubo acuerdos potentes y
tampoco avances rimbombantes. De hecho, Joe Biden, pese a que asistió,
lo hizo de manera decepcionante en materia de compromisos. A ello se
suman las ausencias de los mandatarios de los países más contaminantes
del mundo como Rusia y China; este último, representando el 32% de la
emisión mundial, de modo que sin ese compromiso es imposible que podamos
avanzar de verdad.

Pero sin duda la discusión
más importante se produjo en torno a la necesidad de un nuevo fondo de
financiamiento para ayudar a países más vulnerables por los impactos del
cambio climático, lo que ha sido empujado por más de 30 años por ellos.
El fondo de compensación a las “pérdidas y daños” fue aprobado al final
de la conferencia, y pese a esta buena noticia, no se llegó a definir
el monto, quién debe pagar y los beneficiarios, quedando un trabajo a
futuro para implementarlo. En cuanto a combustibles fósiles, se acordó
“acelerar los esfuerzos” hacia la eliminación gradual del carbón, siendo
un tema recurrente hace décadas, mientras la temperatura sigue
subiendo.

Chile
históricamente ha tenido un rol de liderazgo en la región. Este pequeño
país ha tenido la posibilidad de seguir impulsando políticas tendientes
a combatir el cambio climático, y si bien los resultados en mitigación
puede que no se noten a nivel global, los cambios en materia de
innovación, articulación y gobernanza han sido un referente a nivel
planetario.

A
través del rol de las empresas y el Estado estamos comprometidos con la
Estrategia Climática de Largo Plazo 2050, la planificación y acuerdos
para el proceso de descarbonización, la transición justa y las NDC
(Contribuciones Nacionales Determinadas). Fue en Egipto donde Chile
introdujo precisamente la Transición Socio Ecológica Justa; lo que
significa, según la OIT, que la economía s
ea
más verde, abordando simultáneamente las dimensiones medioambiental,
social y económica del desarrollo sostenible, justo e inclusivo, creando
oportunidades de trabajo decente y sin dejar a nadie atrás.

Chile,
además, comprometió revertir la tendencia creciente de emisiones de
metano, un acierto de la cumbre a nivel global, que fijó reducir sus
emisiones en al menos un 30% para 2030. Este acuerdo es muy importante
por tratarse de un gas 25 veces más poderoso que el dióxido de carbono.
Para la próxima actualización de las NDC, Chile incluyó ampliar en al
menos 1 millón la actual superficie de protección de ecosistemas
terrestres y acuáticos continentales al 2030 y que el 100% de las áreas
protegidas públicas cuenten con planes de manejo vigentes. También se
pudieron visibilizar las políticas en materia de generación de energías
renovables, como el hidrógeno verde.

La
COP27 no solo geográficamente se transformó en un desafío faraónico,
sino que metafóricamente, pues alcanzó el máximo nivel de tensiones para
alcanzar consensos, y remontar la situación no fue fácil. Queda claro
que si no se logran acuerdos colectivos potentes, como los mencionados y
otros referidos a las energías limpias, transporte marítimo, transporte
de ruta, soluciones basadas en la naturaleza, entorno construido,
eliminación de dióxido de carbono, ICT y telefonía y cemento, no es
suficiente para la magnitud del problema. La urgencia es inminente.

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