Vamos a enterar casi un año y medio con el coronavirus
instalado en la Región de Magallanes y Antártica Chilena y nunca
habíamos sentido tanto temor como en los últimos 17 meses.
Porque muchos
se olvidan de que
el Covid-19 se comenzó a propagar a principios de enero del año pasado.
Y a nivel país se señaló que el primer brote pudo haber estado
relacionado con los cruceros. En nuestra región, donde siempre nos
quejamos de desconexión, nos hemos dado cuenta de que vivimos en un
mundo interconectado.
El coronavirus
ha sido una prueba no solo de nuestros sistemas y mecanismos de
atención de salud para responder a enfermedades infecciosas, sino
también de nuestra capacidad de trabajar juntos como una comunidad de
naciones ante un desafío común. El camino del Covid-19 también nos ha
puesto a prueba nuestros principios, valores y humanidad compartida. Al
extenderse rápidamente por todo el mundo, con la incertidumbre en torno
al número de infecciones y con una vacuna que aún no hace el efecto
esperado porque solo lleva un par de meses aplicándose. El virus generó
profundos temores y ansiedades en los individuos y las sociedades.
Ningún país pudo restarse del impacto de la pandemia, tanto en sentido
literal como económico y socialmente, tal y como lo demuestran la caída
de los mercados bursátiles, el desplome de todas las economías y, por
sobre todo, la preocupante situación educacional a nivel mundial.
Una de
las principales lecciones es que a largo plazo debemos
acelerar el trabajo de construcción de servicios de salud pública
equitativos y accesibles. Y cómo respondamos a esta crisis ahora sin
duda dará forma a esos esfuerzos en las próximas décadas. Porque estamos
viviendo algo inédito, que ni nuestros bisabuelos habían vivido. Y en Magallanes, nuevamente inmersos dentro de una cuarentena absoluta.