La corrupción también es un delito, como lo es un robo, un homicidio o una estafa o como el vandalismo que hemos vivido en los últimos cuatro meses. Nuestro actual escenario nos tiene a todos preocupados, porque no éramos tan “blancos” como lo que creíamos hace un par de años, cuando ya no se recuerda quién fue el primero que se atrevió a decir que éramos “los tigres de Latinoamérica”, todo lo anterior pese a que las cifras digan lo contrario, ya que en Chile, las investigaciones por corrupción no alcanzan ni siquiera el 1% de los delitos que ingresan al sistema de justicia penal; es decir, la corrupción, cuantitativamente hablando, es poco significativa. La realidad de hoy nos distancia mucho de ello, porque cuando no se termina por destapar un escándalo, aparece otro. Y eso también indignó y provocó el estallido social. Ningún país está libre de que algún sinvergüenza pretenda aprovecharse de su poder, político o económico, para satisfacerse. Y ante ello, en nuestras propias narices hemos visto cómo muchos utilizan la posición que ocupan para “instalar” a los suyos y favorecerlos a cambio de algo. Y eso existe, no nos sigamos haciendo los ciegos. Otros utilizan recursos públicos en provecho propio; hacen uso de información privilegiada, influyen en los legisladores para obtener normas o granjerías que beneficien los propios intereses, en perjuicio del interés de la población. Así es y ya es hora de ponerle término. Si fuéramos un país que no tuviera corrupción sería porque tendríamos los controles adecuados para impedir o detectar esos actos y ello no existe.