“En estos últimos 20 años, prácticamente ninguna institución militar y policial chilena se ha librado de la corrupción”. Así empieza un reportaje publicado el 18 de marzo en el mostrador.
“PDI desvincula a 2 funcionarios acusados de corrupción”. Noticia entregada por Bio Bio Radio.
“Apenas 13 días después de que asumió la máxima jefatura de la PDI… esta autoridad comenzó a filtrar antecedentes reservados”. Reportaje de Ciper Chile.
Esto no ayuda en nada; pero en absolutamente en nada. Durante muchas décadas nos vanagloriamos sobre la pulcritud de nuestras instituciones públicas. Eran un verdadero orgullo para nuestra patria, y con esto nos referimos a todas nuestras instituciones.
Lo cierto es que estos sucesos van más allá de un color político y más bien, se refieren a hechos individuales que enhorabuena son puestos en vitrina para que la sociedad los repudie públicamente ya que, el utilizar una institución pública para fines particulares, es utilizar a toda la sociedad chilena.
Ahora bien, en qué nos puede afectar este descrédito institucional. ¿Existe algún problema para nuestra economía?
Claro que sí. Existen muchos estudios, paper, ensayos, que dan cuenta de la importancia que poseen las instituciones en aspectos trascendentes como lo es la inversión.
El descrédito, el repudio por parte de la sociedad llevan a que la ciudadanía pierda la confianza en su Estado y se sienta vulnerable y vulnerado en sus derechos fundamentales. En Chile esto ha ocurrido durante estos últimos años, de modo, que surge la máxima: “si ellos lo hacen, ¿por qué yo no?”
Esta máxima puede llevar a que nuevas inversiones internacionales vean a Chile como un país que está sujeto a corrupción, donde el dinero es una sencilla forma de traspasar algunos obstáculos en caso de hacer las cosas mal. Industrias que pueden ser dañinas pueden aprovechar estos vacíos, e incluso algunas bandas delictuales pueden instalar sus centros de operaciones en nuestro país. Ahora que lo escribo, estos hechos no están alejados de la realidad actual.
Pero bien, durante muchos años hemos intentado dejar atrás la mirada de algunos filósofos como Thomas Hobbes y su famosa frase “homo homini lupu” -el hombre es un lobo para el hombre-. Hemos pensado que el ser humano piensa de forma colectiva y es moral y éticamente correcto. No obstante, Hobbes parece que no se equivoca. Constantemente son nuestras propias debilidades las que nos destruyen por dentro. Somos nosotros mismos los que llevamos dentro, una semilla que cada cierto tiempo florece y nos transforma en el lobo del hombre.
Mi esperanza es que avancemos -pareciera que no, en especial por lo que he escrito- pero tengamos la voluntad de salir adelante. Y con esto me refiero a que estos sucesos se transformen en una oportunidad para la existencia de un Estado reformado donde no ingresen personajes con intereses particulares que, dejan de la lado las necesidades de nuestra sociedad. Nuestros vecinos y vecinos son un ejemplo de aquello, ellos pagan sus obligaciones e incluso son capaces de devolver una mochila con dinero porque sencillamente es lo correcto. A lo menos nosotros, sigamos haciendo lo correcto.