El gran Julio Cortázar,
afamado escritor argentino, sin renunciar a su nacionalidad argentina
optó por la francesa en 1981. Lo hizo en protesta contra la dictadura
militar de su país, que lo persiguió y prohibió, pero que él denunció a
la prensa internacional desde su residencia en París.
Vivió
hasta los cuatro años en distintos países como Bélgica, Suiza y España,
y tiempo después su familia volvió a Argentina. En 1951 se estableció
en Francia, país que sirvió de ambientación de algunas de sus obras y
donde vivió el resto de su vida. Visitó por última vez su país el 12 de
diciembre de 1983, después de la vuelta a la democracia. El 12 de enero
de 1984 volvió a París, donde murió exactamente un mes después.
Sin
lugar a dudas es considerado uno de los autores más originales de su
tiempo, fue el maestro del cuento, la prosa poética y la narración breve
en general. Pero su mayor fama viene de la creación de importantes
novelas, las que abrieron la puertas a una nueva forma de hacer
literatura en el mundo hispano. Sus obras transitan entre lo real y lo
fantástico. Razón por la que se le relaciona a Cortázar con el realismo
mágico y el surrealismo.
Cortázar es catalogado como uno de los exponentes centrales del boom
latinoamericano, junto a escritores como los premios Nobel de Literatura
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, y Carlos Fuentes.
Este escritor genial también se caracterizó por tener un notorio interés por los temas políticos. Tanto
así que, en 1974, junto con los escritores Gabriel García Márquez y al
destacado escritor y jurista chileno Armando Uribe formaron parte del
Tribunal Russell II, que se reunió en Roma para examinar la situación
política en América Latina y de manera particular las violaciones de los
derechos humanos. Cortázar fue crítico de las dictaduras por las faltas
de libertades y violaciones. Incluso de regímenes por los cuales había
sentido al inicio algunas simpatías.
Una
de sus obras más importantes es su novela “Rayuela”, que plantea la
negación de la cotidianidad y la apertura a nuevas realidades y
situaciones absurdas que se toman hasta sus consecuencias más trágicas
con ligereza y sentido del humor. Estos caminos que se plantean
constituyen una nueva forma de llegar al cielo.
Para muchos críticos
literarios es una “antinovela” por su carácter innovador, que rompe con
todos los cánones preestablecidos en la época de su primera
publicación. Cortázar no estaba de acuerdo
con esta clasificación, pues dicho término le parecía una “tentativa un
poco venenosa de destruir la novela como género”. Por esta razón él
prefería denominarla “contranovela”, pues con “Rayuela” buscaba “ver de
otra manera el contacto entre la novela y el lector”: incitar a este a
que modificara su actitud pasiva frente a la novela, convertirlo en
parte activa y crítica y suscitar así “una especie de polémica entre un
autor y un lector”.
Ojalá la interacción y modificación de actitud pasiva también se diera en el ámbito de lo público.