El pasado martes la Antártica fue noticia mundial, pero no debido a un descubrimiento científico o un dato relacionado con el calentamiento global, como suele ocurrir, sino porque tras haber sido el único continente del planeta libre de Covid-19, el virus finalmente llegó al continente blanco y lo hizo por el lado de Chile. Mala cosa.
Lo anterior tiene una serie de implicancias, ninguna buena y muchas aún impredecibles, pero partamos por las esperables. En primer lugar, es evidente que nuestra reputación queda seriamente dañada por este incidente que, tengo la impresión, no ha sido debidamente sopesado por las autoridades y la opinión pública. Como muchas veces he sostenido en esta misma tribuna, la Antártica es el continente del futuro, el laboratorio natural más grande del planeta y un activo vital en nuestra proyección como país de cara a este siglo.
Es muy preocupante que los contagios estén, de alguna manera, relacionados con personal de las Fuerzas Armadas cuya labor en el Continente Blanco siempre he destacado, pero que, en esta oportunidad, se tiñen con un manto de duda sobre la rigurosidad con que se han implementado los protocolos en tiempos de pandemia. Pongo esto en condicional porque también está involucrada una empresa que está realizando labores constructivas en las bases y con el Covid-19 nunca se sabe. En cualquier caso, para todos los efectos y el registro histórico, fue una negligencia chilena la causante de este bochorno.
Como también es natural, la noticia ha alarmado al resto de los países con presencia en la zona puesto que, más allá de toda previsión, un contagio masivo puede superar todos los planes preventivos y resguardos que se hayan adoptado, poniendo en riesgo la vida de muchas personas que están desplegadas en el territorio en diversas actividades. Esperemos que la situación no se descontrole, pero si así ocurre, todas las miradas girarán hacia nuestro país.
Dentro de lo no previsible, nadie puede decir a ciencia cierta qué ocurrirá con el virus desplegado en el ecosistema antártico ¿mutará a una variedad más contagiosa? ¿se desarrollará una cepa que sea inmune a las vacunas que ya se han desarrollado? Son preguntas inquietantes que, sin ser experta en la materia, me parecen del todo razonables.
De más está decir que todo lo anterior es doblemente significativo en el caso de nuestra región que debe posicionarse como puerta de entrada a la Antártica y además en momentos en que nuestro vecino no oculta sus pretensiones de “extender” su territorio a sectores antárticos que corresponden a Chile ¿Cómo podemos sustentar nuestra posición si ni siquiera somos capaces de cumplir los protocolos para controlar la expansión del Covid-19 en la zona?
El daño ya está hecho y lo único que podemos hacer ahora es responder a esta crisis de la única manera posible, con transparencia total. No son muchas las opciones por las cuales se puede haber producido el contagio y son pocos los actores involucrados, por lo tanto, se debe hacer una investigación profunda y rápida, para luego dar a conocer las responsabilidades que corresponda y adoptar las medidas necesarias para contener la emergencia. Cualquier intento por relativizar lo ocurrido o entrar en una pelea de quien tuvo la culpa sólo ahondará el daño a la imagen país que este lamentable hecho ha ocasionado.