Al
momento de entregar esta columna asistíamos al segundo día de número de
nuevos casos de contagio por Covid-19 por sobre los dos mil quinientos y
un récord de veintidós fallecidos. El salto con los días anteriores fue
evidente a tal punto que, luego de la solicitud de alcaldes de todos
los colores políticos, parlamentarios y variados especialistas, el
Gobierno finalmente se abrió a decretar cuarentena total para la Región
Metropolitana, confinando así a más de siete millones y medio de
personas a una cuarentena obligatoria. La medida, compleja desde el
punto de vista operativo para una ciudad de las dimensiones de la
capital, da cuenta de la gravedad del desafío que enfrenta el país. Si
bien la situación parece más controlada en algunas regiones, entre las
que sorprendentemente se encuentra Magallanes -recordemos el alto flujo
de personas durante la cuarentena en Punta Arenas-, esto no significa
que no debamos seguir manteniendo las medidas que se han repetido hasta
el cansancio, como mantener el distanciamiento social y lavarse las
manos de manera habitual como principales medios preventivos. Si muchas
personas requieren el uso de ventiladores mecánicos en Santiago debido a
una alta demanda, aquellos equipos que están en regiones podrían ser
redestinados a la capital, o bien, muchos pacientes graves ser derivados
a centros asistenciales regionales, lo que volvería a elevar el uso en
número de camas críticas de provincia. Si bien Punta Arenas y las demás
comunas de la región ya no se encuentran en cuarentena, esto no
significa que podamos hacer nuestra vida de la manera en que lo hacíamos
antes de la pandemia. Hay demasiados casos de rebrotes en países que
han sido puestos como ejemplos de buen manejo de la crisis sanitaria,
como para creer que lo peor ya pasó. La economía sin duda es un tema que
se irá agravando en la medida que no podamos retomar cierto grado de
“normalidad” en el funcionamiento de servicios e instituciones y, por lo
mismo, mientras más responsables seamos en nuestro cuidado y de nuestro
prójimo, más pronto se podrá retomar la actividad económica
para así minimizar las consecuencias de la pandemia social que se
avecina en todo el país. En momentos en que es fácil criticar al
Gobierno, creo que lo que corresponde ahora es colaborar. Sin embargo,
el Ejecutivo debe reconocer que mandó señales contradictorias que
confundieron a la población y que eso contribuyó a cierto relajo que hoy
se manifiesta en el elevado número de contagiados. “Nueva normalidad”;
“retorno seguro”; y hablar de “meseta” cuando los casos iban en alza
fueron malas decisiones que hoy estamos pagando muy caro. Es entendible
que el Gobierno cometa errores como le ha ocurrido a muchos otros países
que incluso han manejado bien la crisis sanitaria, pero lo que no puede
pasar es que la autoridad se resista a seguir desoyendo las
recomendaciones del consejo asesor, la mesa social y tantos otros grupos
de expertos que solo quieren colaborar. Mucho se demoró el Gobierno en
entender el rol clave que juegan alcaldes y alcaldesas en los
territorios para implementar las políticas gubernamentales, pero, sobre
todo, en cómo éstas se implementan de acuerdo con la realidad de cada
zona en particular. Cometer errores es una cosa, pero negarse a recibir
ayuda es falta de humildad y de visión. En momentos en que la pandemia
comienza a manifestarse en toda su magnitud es tarea de cada uno actuar
con responsabilidad y generosidad, manteniendo las medidas de protección
que ya conocemos. No hay ninguna política ni tratamiento que sirva, si
no entendemos que esto lo superaremos entre todas y todos.