Parafraseando
a Gieco, el Estado es un monstruo grande y pisa fuerte. No es fácil
comprender lo que significa un estado grande, casi omnipresente. Para
quienes aspiran a conducir órganos del aparato estatal, llegar a un
cargo público es fuente casi inagotable de beneficios, prebendas,
riquezas, influencias y un largo etcétera. Mientras los ciudadanos a pie
vemos como los políticos como en verdadero juego de tronos, van y
vienen, pero siempre están en la cúspide de la organización. Como en
aquellas sociedades imperiales o feudales, donde el rey y su séquito
gozaban de una privilegiada posición, mientras la mayoría sólo aspiraba a
vivir de la mejor manera posible, nuestra sociedad no ha cambiado mucho
y ahora los príncipes y reyes son los políticos de cualquier ralea; de
izquierda o derecha. El pueblo en tanto sigue a la espera de mejores
condiciones de vida una vez que los políticos a cargo del Estado hayan
satisfecho sus estómagos y sus ansias de viajar por el mundo. Si
usted estimado lector bien se fija, las guerras pasadas y presentes, y
sin duda las que vendrán, son provocadas por Estados con una gran
presencia en la vida de las personas; es decir, mientras más poder tiene
el Estado respecto de los ciudadanos, más probabilidades existe que se
terminen involucrando en guerras y matanzas de seres humanos. La
invasión de Ucrania ha sido provocada por un Estado “protector” o
“benefactor” de los ciudadanos. La Segunda Guerra Mundial de igual
manera fue provocada también por un Estado social, garante de derechos,
“protector” de los ciudadanos, como lo fue el Nacional Socialismo. En la
Primera Guerra Mundial estaban involucrados viejos imperios. El año
1978 mientras en Argentina gobernada una dictadura, dicho país en nombre
del pueblo, invadía las Malvinas y planeaba un ataque a nuestro país;
sólo la sapiencia de nuestros gobernantes de la época, evitaron un
conflicto bélico. En la guerra del Cenepa entre Ecuador y Perú en 1994,
este último país estaba gobernado por un Presidente con tintes
dictatoriales, que dotó de gran poder al estado peruano. Vayan estos
ejemplos para tratar de explicar el peligro de hacer del Estado
protagonista de la vida social, relegando la expresión libre y
espontánea de los ciudadanos a un segundo lugar, bajo la falsa premisa
que lo que venga del aparato estatal es bueno, benéfico y virtuoso de
por sí. Entre más poder para los funcionarios estatales y a los
políticos que copan sus órganos de dirección, menos libres seremos, lo
que llevará inevitablemente al empobrecimiento social, cultural y
económico. La
Convención Constitucional actuando contra toda evidencia, quiere hacer
del Estado chileno el gran protagonista de la sociedad para el futuro.
Empresas públicas; Justicias diferenciadas; expropiaciones pagadas de la
manera que al Estado le parezca; derechos garantizados que harán a los
ciudadanos vasallos de los políticos para su mayor gloria y fortuna;
monopolios estatales para explotar recursos naturales, administrados por
políticos y sus paniguados; en fin, el Estado como la gran catedral de
su religión socialista. Y para mayor desgracia, quieren financiar toda
su fantasía con una economía dirigida desde el gobierno y las leyes, lo
que será un desastre. Y si usted piensa que en nuestro país eso no
sucederá, no es necesario mirar a Venezuela, sino la historia chilena
entre 1970
y 1973, en donde también se creyó que era el Estado la solución para la
pobreza, pero sólo una economía libre y un Estado subsidiario
permitieron sacar de la pobreza a millones de chilenos.