“Chile vive una profunda crisis moral”, dijo la presidenta del Consejo Constitucional Beatriz Hevia. ¡Cuánta razón en una sola frase! Los primeros que salieron a criticarla fueron los intelectuales, parlamentarios, adherentes, miembros afines al gobierno de turno, arrastrando su frase a una interpretación equivocada, una estigmatización sobre religiosidad, aborto, agenda de género y diversidad, solo por el hecho de que quien emitió el mensaje, es de las filas del partido Republicano.
Pareciera que estamos en una crisis moral profunda. Quienes critican a Hevia son, en gran medida, responsables del momento con su estampa de superioridad moral, aquella que maduraron en 2019 apuntando con el dedo y estableciendo la cultura de la cancelación a quien pensaba distinto. Lo que ellos profesaban, postulaban, era lo moral, lo ético, lo bueno, lo deseable. ¿Pensaron acaso que sus acciones, su pontificación, no iban a polarizar al país y establecer una profunda carga moral?
Cómo no vamos a estar hoy en una crisis moral si cada día que pasa, desde la institucionalidad, estamos normalizando lo inaceptable. Un ejemplo claro: en nuestro país hoy estamos normalizando los delitos violentos. Se está estableciendo como un hecho de la causa en Chile, no razonando que estamos viviendo un cambio de un delito que antes era de patrimonio a un delito que ahora es de dolo directo. ¿Qué hace la institucionalidad? Todavía no hay una agenda robusta de seguridad y nuevas garantías. Cómo no va a ser esto una crisis moral cuando hay un desprecio de la autoridad, falta de normas y falta al Estado de Derecho.
¿Habrá algo más molesto hoy que la victimización de las Isapres? Hay un fallo de la Corte Suprema y ellas proyectan que si lo cumplen – como debe ser en el respeto al Estado de Derecho en Chile- van a quebrar. Después de años cometiendo errores y abusos hoy están normalizando que, si no se hace lo que piden, el sistema cae. Cómo no va a ser esto una crisis de la moral.
La violencia en el debate público está con un protagonismo no deseado. Es lamentable transmitir a la opinión pública la falta de respeto a las reglas, el no respeto a las ideas y a lo que piensa a quien tenemos al frente. Esto solo va generando la relativización de la violencia. ¿Cómo se puede considerar solo como un “error” que un diputado grabe una conversación que es privada? ¿Cómo se pueda considerar como un “error político” -porque así lo dijeron en un principio- que una pareja de una diputada de x partido, con un seremi del mismo x partido, tengan contrataciones millonarias en el Estado? Cada vez que se relativizan hechos como estos profundizamos la crisis moral en Chile.
En su discurso sobre la crisis moral de la república, el abogado y político Enrique Mac-Iver señalaba que la moralidad pública da eficacia y vigor a la función del Estado, y que su falta, hace un “daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional”. ¿No es acaso lo que está viviendo la institucionalidad hoy? Pero como dice el propio Mac-Iver, tengamos fé en los destinos del país, de recuperar las confianzas en que las virtudes públicas que lo engrandecieron volverán a brillar con su antiguo esplendor.