El tormentoso y revuelto
mar que los candidatos presidenciales han desatado en el último período
tiene a todos los pasajeros de este enorme y estrecho país mareados y
con un agotamiento que raya en el deseo del abandono. Quienes hemos
tenido que vivir la experiencia del Golfo de Penas o el cruce del Drake
en las peores condiciones entendemos el efecto de esto en el cuerpo.
Estamos
a una semana del proceso electoral más complejo que este país habrá
vivido y en medio de un tumultuoso escenario mundial nos llegan
situaciones de todos lados que obligan a las partes a tomar posiciones. A
algunos no les interesa y revolucionan más las aguas para atraer
adeptos a sus ideas, pero el escenario es la oportunidad para generar
más confusión y, en algunos casos, algo de claridad.
No
todas las propuestas tipo receta serán las correctas y en un caso
permitirá hacer una redefinición de un sector importante de nuestra
sociedad respecto de su opción para no olvidar lo acontecido en el país y
cuáles fueron los papeles que a cada uno le cupo en esa triste parte de
la historia. Se han develado no solo las imágenes (por más que se haya
intentado justificar o desmentir) sino los principios que se engarzan en
la conciencia y en el corazón de su candidato.
Ya
el miedo no debe ser parte de la motivación para elegir a uno en vez de
otro, sino la convicción de descubrir el real espíritu que se encuentra
detrás de las caras de aquellos que nos quieren gobernar. Ya no tenemos
tiempo para analizar discursos y menos aun motivarnos por la influencia
de los medios de comunicación, pues ya sabemos quiénes son, lo que
representan y quiénes están detrás de sus posturas. Es hora de
recapacitar en torno a nuestras propias convicciones y hacer un
recorrido por nuestras historias y la de quienes nos rodean. Mirar y
aceptar con apego la señal que nos dan y no caer en el equívoco destino
del “mal menor” y tampoco en la creencia de las tendenciosas encuestas
que tratan de dirigir nuestras conciencias.
Chile
es un país bipolar y lo hemos visto en torno a los resultados
deportivos, en cuestiones religiosas y cada una de las últimas
elecciones, pues basta con revisar los niveles de adhesión de un
personaje y cómo se pasa de una aprobación sofocante a un rechazo
abismante y luego se vuelve a la desilusión y desidia. Bachelet lo
padeció con el Transantiago y dejó el cargo con euforia. Piñera tuvo la
más alta votación de la derecha en su historia y cayó estrepitosamente
al cabo de un mes y nunca más se recuperó. Todos quisimos una Nueva
Constitución y hoy una gran mayoría se burla y no cree en el proceso.
Parece un mal chiste, pero es nuestra realidad.
Como
en toda tempestad, nos dejamos mecer en medio de las olas y con terror
las vemos gigantescas, como si nos fueran a hacer zozobrar. El único
remedio que se recomienda al pasar el Golfo de Penas o el Drake es
acostarse a dormir, pero no es el consejo para esta elección. No podemos
quedarnos en casa e impávidos dejar que todo pase. Somos los capitanes
de nuestros propios barcos. Independiente de que no nos convenzan los
discursos tenemos que optar e impedir que nos restrinjan a opciones que
no nos representen, por lo que tenemos que ir a sufragar y así tener
motivo, justificación y razón para reclamar cuando corresponda.