¿Quién
iba a imaginar, hace un año, cuando algunos pensaban que la nueva etapa
de la historia ya estaba trazada y que sería en banco la página en que
se empezaría a escribir su relato; cuando millones de chilenos
confiaban en que la Asamblea Constitucional, democráticamente elegida,
sería capaz de conducir los anhelos de tantos postergados; después de
ese enorme e inédito resultado electoral en favor del cambio de la
actual constitución y de tantos otros símbolos expuestos, que solo unos
meses después, estaríamos esperando un resultado que hasta podría
definirse por nariz en un fallo fotográfico?
Sobre
lo sucedido para explicar este cambio, probablemente, no encontraremos
explicaciones de consenso. Personalmente, tengo varias, y las expondré
en el momento oportuno. He escuchado muchas que reflejan desconcierto,
inquietud, decepción de quienes cifraban sus esperanzas en el proceso
constituyente. Cada cual asumirá su responsabilidad dentro de poco y, a
solo días del plebiscito, pareciera que los dados ya están sobre la
mesa, listos para rodar. Hemos tenido la oportunidad de informarnos,
sopesar y decidir. Dentro de ese marco incierto, solo destacaré un
aspecto del proyecto que, a mi juicio, podría condicionar el resultado:
la complejidad del texto.
La
propuesta está redactada de tal manera, que para una mente normalmente
constituida, resulta dificultoso —por decir lo menos— comprender todo el
articulado y, más aún, medir sus alcances. Le comentaba hace unos días a
un destacado columnista dominical, quien se quejaba de su dificultad
para comprender el texto, que don Andrés Bello nos había legado un
principio jurídico simple: “cuando el sentido de la ley es claro, no se
desatenderá su tenor literal, a pretexto de consultar su espíritu”
(artículo 19 del código civil). Todo indica que este proyecto no brilla
por su claridad. Cuando nos hemos pasado meses escuchando a tanto
experto y debatiendo acerca de la interpretación o sentido de muchos
artículos redactados a veces en forma redundante, cuando los mismos ex
convencionales pueden argumentar con elocuencia una cosa y, luego de una
pregunta fundamentada, afirmar, sin siquiera ruborizarse, lo contrario,
es de presumir que navegamos en medio de aguas turbias que podrían
volverse turbulentas. Quien escribe, habiendo leído exhaustivamente
todos los artículos, y tomado debida nota de la cantidad de derechos que
el texto reconoce, habiendo además subrayado faltas gramaticales,
incongruencias, numerosas repeticiones y fundadas discrepancias, ha
llegado a la conclusión de que debe confesar humildemente su ignorancia.
Y como tonto aún no me considero, afirmo, sin complejo, que este
borrador de constitución no está hecho a prueba de tontos, ya que en tal
caso, sería yo el mejor ejemplo de necedad.
Las
aleatorias encuestas señalan que, mayoritariamente, los ciudadanos
quieren aprobar o rechazar para “reformar”. Lo que no deja de ser una
enorme paradoja y tiene para mí un amplio significado, ya que viene
también a relativizar mi propia inepcia con eso de “mal de muchos,
consuelo de tontos”. Estimo contraproducente que se busque modificar un
texto recién redactado, aún no sometido a plebiscito. Los partidos de
gobierno han estado negociando lo que sería “modificable” en el texto
que —reiteremos— aún no ha sido aprobado o rechazado por la ciudadanía.
Al tratar de comprender lo que hay detrás del insistente deseo de
modificar tan rápidamente este borrador, que es como un pan caliente que
viene saliendo del horno, estimo que es probable que no haya quedado
del todo bueno. O bien se les quemó, o le faltó horneado. ¿Cómo
explicarán razonablemente a la ciudadanía que se debe votar por un
proyecto que será modificado después? En lo inmediato, quienes votarán
por el apruebo, lo harán más por defender una ideología o apoyar al
gobierno, que por la pertinencia de la propuesta. Esta semana, leí la
entrevista de un ex Intendente que votaría apruebo, pero que confesaba
no haber leído todo el texto. ¡Caramba! Otros, que votarán rechazo,
apuntarán sus dardos contra el gobierno o defenderán también sus
posiciones ideológicas. A esta dicotomía, habría que agregar a quienes
votarán sin comprenderlo del todo —y me incluyo— lo que resulta
lamentable, ya que hubiéramos preferido haber evaluado plenamente
nuestra opción para tan magno evento.