Hay ciertas cosas que son de sentido común, es decir,
se aparecen a los sentidos, son evidentes, simplemente se debe
reconocer que eso es. El árbol es y podemos verlo, tocarlo…
experimentarlo desde los sentidos. Si vamos caminando en el campo y
vemos una vaca, escuchamos su mugido y sentimos su olor, naturalmente el
entendimiento dice en su interior “vaca”. Es evidente, es una realidad
cierta.
Por
otra parte, frente a acciones y reacciones, sabemos por la experiencia
que hay acciones que siempre producirán ciertas reacciones. Por tanto,
frente a ciertas circunstancias iguales, se puede esperar cierta
reacción específica. De hecho, así funciona el método científico basado
en la observación. Lo natural es concluir racionalmente desde los hechos
observados. En ese sentido, la lógica concluye y construye desde
premisas. Si decimos que Juan es hombre y que los hombres son buenos;
entonces concluiremos que Juan es bueno.
¿Por
qué estamos explicando algo que es tan obvio? Porque pareciera que
algunos creen que no es tan obvio. Todos sabemos que Cuba es una
dictadura totalitaria. Algunos la llaman “democracia imperfecta”. Lo
cierto es que, si definimos democracia, Cuba definitivamente no encaja.
Le falta todo lo que una democracia requiere para ser tal. Es como si
quisiéramos establecer que una lechuga es un caballo. Definitivamente no
lo es. Es un totalitarismo, el Estado impone todo y penetra todo. No
hay libertad individual, ni posibilidad de elección. En Cuba las
elecciones no son tales, no hay alternancia en el poder, hay
concentración del poder y un sistema que, anulando la iniciativa
individual y la propiedad privada, ha repartido pobreza y miseria a sus
habitantes y riqueza para sus cúpulas. Es un Estado fracasado y una
nación en ruinas. Aunque algunos culpen al bloqueo norteamericano de
esta realidad, el hecho cierto es que incluso ellos reconocen que el
país es una miseria, por eso intentan establecer razones de ese fallo.
Lo cierto es que el error proviene de la receta aplicada. Siempre, y
toda vez que se aplica, envenena. Muchos buscan salir de ahí y con tal
de lograr la libertad, están dispuestos a subirse a balsas y sortear los
tiburones. Es un drama humano, sin duda.
Esta
semana terminados los Juegos Panamericanos nos enteramos que 8
deportistas cubanos habían abandonado la villa olímpica para buscar
quedarse en Chile. Cuba les retuvo sus pasaportes y estos jóvenes, con
tal de evitar la prisión certera que les esperaba en su país natal y
pese a las posibles represiones familiares, insistieron en quedarse.
Para la mayor parte de Chile, las razones de esto son más que evidentes y
justificadas. Las conclusiones son claras, en su país no hay libertad y
prima la miseria. Dejarlo todo es una prueba fehaciente que lo que allá
les espera no es nada bueno. Pero la evidencia para algunos no es
suficiente, ciertamente la ideología nubla la mente. Usando las mismas
reglas de la lógica y teniendo en cuenta que para los comunistas, Cuba
es, aunque no lo sea, el paraíso a emular y el modelo a seguir. Como
sabemos que son los comunistas quienes mandan hoy en el país, podemos
entender las desdichadas frases de la ministra del interior, Carolina
Tohá, quien llamó a no especular sobre este caso, ya que “perfectamente
pueden estar en Chile haciendo turismo”. Esta frase evidencia quien
manda en la Moneda y atenta contra cualquier inteligencia. Es una
muestra de servilismo al PC y del poder de la ideología en el ser
humano. Con tal de no evidenciar la evidente anomalía a la meta
narrativa, la incoherencia y la falta de razonamiento prima. Cuba, para
ellos perfecta, no puede sino ser perfecta y este caso que evidencia la
imperfección, como tantos, debe ser minimizado y silenciado. Cabe
preguntarse ¿hasta donde llegarán intentando ajustar la realidad a la
teoría? Los “defensores de los derechos humanos” ¿velarán por los
derechos humanos de estos deportistas? ¿Serán capaces de hacer primar la
realidad y lo correcto, por sobre la idea mental falsa que los mueve?
Ciertamente la ministra del Interior ha dejado todo que desear y ha sido
el hazmerreír de toda persona pensante.