Todos
tenemos algo de dictadores y nos gustaría, por algún momento, poder
controlar el mundo a nuestro gusto. Es una realidad tristemente
comprobada que si da poder a alguien sin empatía se transformará,
indefectiblemente, en un tirano. Aplicará las reglas que le parezcan;
podrá exigir o someter; podrá acallar o negarse a oír opiniones
distintas; se sentirá agraviado cuando le enrostren sus errores; se
escudará en secuaces que sacarán provecho de su posición; en fin, hará
de las suyas. Los sueños de almohada será su norte.
Para
conseguir poder tendrá que elaborar un buen, contundente y convincente
discurso. Decir con habilidad y estratégicamente lo que la gente quiere
oír. Generalmente son uno o dos aspectos los esenciales que afectan a
las personas, y cuando alguien las expresa con mayor claridad se produce
esa vinculación empalagosa e irrestricta. Pero siempre el discurso es
más amplio, pues tiene que satisfacer a otros con posiciones más
radicales, y aunque no le gusten a su primer seguidor surge la
convicción de que “tendrá razón, si lo dice él”. Si le agregamos
pequeños espacios de poder delegado, elevándoles en un peldaño, aunque
sea mínimo, se consiguen mentes cautivas y obsecuentes. Quien piense
distinto es un “enemigo peligroso”. En la franja electoral es posible
aplaudir a un alto porcentaje de candidatos porque sus posturas son
aterrizadas a nuestros intereses. Hablan bonito y dicen lo que necesito
oír.
En
el acto de instalación de la Convención vimos todo tipo de reacciones:
una catarsis de ideas, personalidades, contextos, necesidad de
figuración, que llevó a varios a sentirse arrogantes, sea por la
votación obtenida, por la ropa que vestían, por los estratos sociales
que representaban o por sentirse poseedores de una incuestionable
verdad. Grupos jaurías que quisieron mostrarse poderosos.
Nadie
quedó indiferente. En todas las casas que, ese día, sintonizamos las
transmisiones del histórico evento fuimos críticos como espectadores de
un partido de fútbol. Todos nos sentimos “entrenadores”. Es nuestra
cualidad nacional. Desde “show”, “fiasco”, “desastre” y cuantos
calificativos pudiéramos generar, fuimos pasando en el curso de unas
horas desde un estrés social necesario a la tranquilidad y al orden.
Carmen Gloria Valladares utilizó su empatía para tomar el control y
aunar las voluntades revueltas, el nerviosismo y la adrenalina, y todos
le aplaudieron. Fue la muestra más clara de que las cosas se pueden
hacer bien. Los detractores tuvieron que tragarse sus palabras y
epítetos reproducidos en las RRSS. ¡Qué pena que no sea constituyente!
Estamos
entrando a un proceso histórico y hay que ser pacientes. Hay que dar
espacio a que las ideas se expongan, aunque sean retrógradas,
conservadoras, progresistas o anarquistas. No escucharlas o relegarlas
será un pésimo ejercicio, pues no será democrático y no queremos una
nueva tiranía en nuestro país. La peor de todas es la tiranía de las
ideas. Es la diversidad de nuestra nación y en la discusión respetuosa
se decantarán una a una. Así habrá ideas extremas de uno y otro lado que
se expresarán, pero que quedarán en el olvido.
La
libertad de los constituyentes está limitada por el mandato de la
ciudadanía que está atenta, que debe y desea opinar, ser escuchada
conforme a los compromisos prometidos y asumidos y que, sin dudas,
generará complicadas recriminaciones por la adopción de posturas que
puedan no haber estado en sus respectivos programas. Fue tal la
disgregación de votos que nadie representa a un porcentaje alto de la
ciudadanía y por ello deberán oír a quienes siendo afines no les
votaron. La votación no es una carta en blanco para que hagan lo que
deseen. Todos queremos estar representados en el texto.
En
estos primeros días ha primado una seriedad que raya en la gravedad
extrema en vez de ser una fiesta. Los participantes no se conocían y
muchos quieren lucirse y ser captados por las cámaras de las
televisoras, pero esto se relajará en la medida en que se comparta en
las mesas y en comisiones y se pueda ver en el otro una persona con
ideas que, aunque distintas, son parte de sus realidades. Será la
oportunidad para que la derecha menos dura no se quede en el palco y
participe. ¿Cómo no van a encontrar algo bueno de todo lo que no podrán
rechazar?