La
propuesta de reducción de la jornada laboral a 40 semanales, tiene
condimentos para todos los gustos, y no es de extrañar, pues cuando se
da por terminada la lucha de clases y se proclama el fin de la historia,
es en el ámbito laboral donde no se logran consensos y prima la cultura
del encomendero, el peso de la noche, la incapacidad de reconocer la
revolución científico técnica que no requiere de activistas, simplemente
se impone como exigencia del desarrollo de la producción. Desde los
trabajadores del Registro Civil hasta Walmart, temen a la automatización
y la pérdida
de empleos consecuencia de las nuevas tecnologías. No es la reducción
de la jornada la que amenaza la generación de nuevos empleos, sino la
propia tecnología y sus máquinas las que amenazan a los otrora
orgullosos proletarios.
En
definitiva el argumento que la reducción de jornada afectaría el empleo
carece de fundamentos, el conflicto se reduce a que los patronos ven
afectada su capacidad de control y de disciplinar la fuerza de trabajo,
les gusta y disfrutan de la cultura de la encomienda, sentirse dueños no
sólo de las empresas sino de las personas, si alguien tiene duda de
esto, es cosa que revise el debate legislativo que se dio con ocasión de
la tutela laboral, que es la mayor transformación de las relaciones
laborales en democracia, desafortunadamente aún poco desarrollada y
escasamente comprendida por los propios trabajadores y organizaciones
sindicales, porque cuando todo es tutela y vulneración de derechos
fundamentales, se pierde el sentido de estos y su trascendencia.
El
mérito por lograr relaciones de trabajo algo más horizontales
corresponde al senador DC Eduardo Boeninger Kausel, quien mediante
indicaciones al proyecto de ley 20.087, logra avances sustantivos a
favor de los trabajadores y el pleno reconocimiento a sus derechos
ciudadanos, resulta lamentable que salvo honrosas excepciones el mundo
sindical haya estado ausente en este debate, quizá debido a la escasa
cultura y educación en materia de derechos fundamentales y demasiado
habituados a pelear la chaucha y el peso, en desmedro de sus
reivindicaciones por mitigar la rigurosa relación de poder que subsiste
en toda relación laboral. Si alguien tiene dudas que no da lo mismo
por quien se vote, es cosa que recurra a Internet y lea algo de la
historia fidedigna de la Ley 20.087.
En
buena hora la propuesta de diputadas jóvenes como Camila Vallejos, que
propone la reducción de jornada laboral, y por cierto falta aún
desarrollar otras reformas laborales tendientes a mejorar la condición
del trabajador chileno, tales como cautelar la indemnización por años de
servicio, fortalecer el seguro de cesantía y el derecho de los
funcionarios públicos.
Con
Edgardo Boeninger Kausel, en la memoria, los parlamentarios DC no
podrían sustraerse de apoyar este proyecto de ley, don Edgardo, no fue
sólo un pilar de la transición, sino que un defensor de los derechos
fundamentales de los trabajadores. Desafortunadamente su vida y obra
permanecen ignota aún para quienes se dicen militantes fervorosos. Nada
que temer, con 44 horas de trabajo a la semana no alcanzaremos el 4,5
de crecimiento ofertado.
No
es posible sostener que nada ha cambiado, que la relación laboral es
igual que en tiempos de Pinochet, la evolución es clara, manifiesta,
prueba de ello es además la evolución de la jurisprudencia que se
aprecia en el informe de la Excelentísima Corte Suprema al proyecto de
ley sobre tutela laboral para funcionarios públicos, en que entrega
contenidos que permiten comprender que el derecho del trabajo es lo
mínimo y no de lo máximo, los estatutos especiales pueden conferir más
derechos pero no menos que el Código del Trabajo.
El debate por la jornada de 40 horas semanales es algo más que un
cambio de horario, es una cuestión de derechos fundamentales.