Lo
elegimos en segunda vuelta con los más de 700.000 votos republicanos,
votamos por el mal menor y por un programa que pretendía reconstruir la
economía seriamente dañada por la “retroexcavadora” de Bachelet 2, dar
seguridad y tranquilidad a nuestras comunidades crecientemente afectadas
por la delincuencia, resolver el tema del terrorismo instalado en La
Araucania, fortalecer la educación como la gran palanca del desarrollo,
mejorar la salud de nuestros habitantes y modernizar un Estado
hipertrofiado, ineficiente y derrochador, entre las líneas generales
esperadas y prometidas en la campaña. ¿Qué pasó? Comenzó con la “agenda
valórica”, con la igualdad de género. Aumentó el terrorismo y se
conocieron los nexos, ya no entre la política y el dinero, sino que
entre la política y el narcotráfico, volvió el “callamperío” de partidos
políticos, no abordó integralmente el desarrollo social y económico, en
forma creciente desnaturalizó la labor de las policías, cedió ante el
terrorismo del 18-O, entregó la Constitución que fue la base de lo
avanzado en los últimos 40 años, generó un “engendro” amorfo en la
gestión de la pandemia entre el rol sanitario, la mala conducción de su
gobierno, la evidente impericia política y la presión de alcaldes
gomeros, oposición y organizaciones sociales ideologizadas. Nunca tomó
el sartén por el mango y cuando lo tenía (período Mañalich) lo entregó
vendiéndose al “buenismo” del trío inútil, que mal que mal tiene un
triste récord de más de 13 veces la cantidad de casos, de muertes y
efectos negativos que teníamos hace 1 año. Siempre llegó tarde y no solo
entregó la Constitución (a la que juró defender), sino que permitió que
aquella fuese violada reiteradamente por el parlamentarismo de facto
que se instaló en su (des)gobierno. Llegamos al Plebiscito espurio y se
concretó el asalto electoral final en la elección de constituyentes con
la ingeniosa creación de los “independientes”. Nos dijimos esto ya tocó
fondo y tenemos que organizarnos para enfrentar en democracia este
oscuro escenario que hemos alcanzado, producto de haber votado
mayoritariamente por alguien que en realidad terminó siendo el segundo
Kerensky chileno después de Frei Montalva (que también en 1964 fue
elegido con los votos de la derecha). Piñera políticamente es DC
infiltrado en la derecha, porque nunca ha sido ideológicamente de dicho
sector, si no vean qué ocurrió con la entreguista “Patrulla Juvenil” de
los noventa y que él lideró, y dicho sea de paso también destruyó cuando
no le fue útil. Pero faltaba la estocada final. A nueve meses de
entregar el mando (teórico, porque en realidad no manda a pesar de tener
facultades), en su última cuenta pública anuncia sus últimas desstrosas
medidas: aumenta más el endeudamiento país, aumenta más la grasa
estatal con más ministerios, aumenta la protección del terrorismo con
organismos públicos de fachada, ahora con Fiscalía DD.HH. y mayor
empoderamiento de INDH y la Defensoría de la Niñez (que si en este país
operara el Estado de Derecho hace ratos que debía haber sido despedida).
Pero no se podía ir sin hacer el último acto de deconstrucción
cultural. Si Mao logró el control con su Revolución Cultural, ahora
mediante la revolución molecular disipada y la estocada (por la espalda)
de Piñera, se procede a eliminar el concepto de familia que ha
acompañado nuestra sociedad desde hace siglos. El núcleo, que es la
base de la sociedad occidental, la familia, pasa a ser eliminado por
Piñera. La familia constituida para crecer en el amor y perpetuar la
especie, acaba de recibir su certificado de defunción por aquellos
quienes justamente nos decían que compartían dicho valor fundamental. El
contrato solemne para quererse, ayudarse, protegerse y procrear
desaparecerá como “constructo” cultural y será reemplazado por “todas”
las formas de familia que el neomarxismo propugna en sus organizaciones
de fachada “de la sociedad civil”. Aquello no tiene que ver con las
opciones legítimas e individuales de cada persona. Tiene que ver con un
concepto ideológico antagónico con el marxismo, al cual Piñera, como el
mejor operador político “marxistoide” está ayudando. Piñera miente
cuando dice que “los años le hicieron cambiar”. Hizo un cálculo político
y una apuesta como si fuese una de sus tantas jugadas comerciales y lo
tiró al ruedo, sin importar los efectos que su necia decisión produciría
en nuestra sociedad y en el futuro de Chile. Piñera es el Kerensky
chileno del siglo XXI, y puede irse con sus millones, habiendo sido el
artífice de la destrucción de la familia como núcleo esencial de la
sociedad, que era el último bastión de una sociedad libre y ahora pasa a
ser el más preciado trofeo para los marxistas, y para ello contó con
los tontos útiles que siempre existen.
Pero, que no olvide nunca, se irá con la inmensa
rabia y reproche de los que hemos sido traicionados y con el encono más
salvaje de los resentidos sociales que odian sus millones y que le
perseguirán hasta el fin de sus días. Este “negocio”, evidentemente, no
le rendirá las utilidades personales que pensó y sí muchas pérdidas para
nuestra querida Patria.
Solo ruego y suplico que sea su última miseria política, si no lo es, también, humana.