La
destrucción creativa es un concepto inevitable. También es conocido
como el vendaval de Schumpeter en honor al autor del mismo nombre que
formula parte de estas teorías en la década del ‘50. La idea principal
se centra en una mutación industrial que revoluciona la estructura
económica desde adentro y que destruye la anterior. En palabras
sencillas, la innovación destruye a los procesos tradicionales
dejándolos obsoletos. Ejemplo de aquello son muchos: el email, el
WhatsApp, los servicios de streaming que han dejado atrás al correo, al
teléfono y hasta al olvidado VHS respectivamente.
Para
muchos autores esta idea se inserta estrictamente en el capitalismo, no
obstante, en el último tiempo hemos visto como la destrucción creativa
no distingue entre colores o ideologías. El uso de la tecnología genera
una nueva revolución mucho más compleja que la ocurrida a finales de
1700 y a inicios de 1800 y es mayormente conocida como la Revolución
4.0.
Para
el World Economic Forum esta revolución impulsa la productividad y
reduce los costos para las empresas, pero ¿Qué sucede con los
trabajadores?
Una
investigación de la consultora McKinsey del año 2017 ya señalaba que
más del 50% de los trabajos asalariados arriesgan a ser automatizados en
las próximas cuatro décadas. Eso representa más de 4 millones de
personas de nuestro mercado laboral actual que podrían verse afectados
por la destrucción creativa. En su mayoría son trabajadores que tienen
pocas herramientas productivas para enfrentar estos cambios inevitables.
Si
bien en Magallanes la Revolución 4.0 ya ha llegado hace un tiempo por
medio de las plataformas digitales, el año 2018 aparece tímidamente con
la instalación de las primeras cajas automáticas en un supermercado que
permitían la compra de hasta 20 productos. En sus inicios existieron
algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero en la actualidad
hemos visto como estas cajas automáticas se han incrementado
notoriamente. Esto hace presente nuevamente el vendaval de Schumpeter y
con ello el anuncio hace un par de semanas de la salida a nivel nacional
de más de 5.000 cajeras y cajeros producto del reemplazo por estas
cajas automáticas.
Estos
trabajadores quedan abandonados a su suerte y con un Estado que mira
incrédulo lo que hemos indicado hace años juntos a otros economistas, a
sociólogos y a ingenieros. El culpar a la empresa es desconocer los
principios fundamentales que sustenta a la teoría de la empresa. La
empresa siempre busca maximizar sus utilidades y reducir sus costos, de
modo, que aquello es una realidad que no se puede desconocer. Sin
embargo, existe también el Estado que no se puede encontrar inerte ante
estos cambios socio-productivos. Es relevante que el Estado entienda que
debe propiciar el desarrollo del capital humano en las nuevas formas de
tecnología, y para ello la colaboración público-privada en torno a la
digitalización es vital para reducir las brechas educativas frente al
inevitable avance de la automatización. Organismos como el SENCE deben
ser reorientados para hacer frente a esta oleada de innovación que ha
llegado para quedarse y que cambiará a nuestro mercado laboral en los
próximos 40 años.