Si
hay algo que valoramos los chilenos es la vida familiar. Es allí donde
nos reconocemos como hijos, hermanos, y parte de una comunidad. Es el
lugar donde aprendemos a amar, ser amados y a ser solidarios. ¡Cómo nos
alegran los encuentros familiares!
Cuando
en la familia hay un quiebre por la muerte de alguno de sus miembros,
por la separación de los padres o por el fracaso de alguno sufrimos
mucho. Nuestra familia y lo que acontece al interior de ella nos
importa. ¡Cómo nos duelen las desavenencias y conflictos en su interior!
El
esfuerzo de muchos, para sacar adelante su familia es heroico y solo ha
de suscitar admiración. Ver a tantas personas levantarse de madrugada
todos los días para ir a trabajar y volver con el pan para el hogar,
emociona. Para los jóvenes formar una familia está entre sus
prioridades. Muchos se frustran al no lograrlo.
En
Chile, la familia ha sufrido un gran deterioro. Han disminuido los
matrimonios, han aumentado las separaciones y los divorcios; ha
disminuido la natalidad y ha aumentado el número de ancianos que se
encuentran solos. Las familias numerosas son cada vez más escasas. La
soledad es una de las quejas más recurrentes de los ancianos. De los
jóvenes, también.
Necesitamos
fortalecer la familia chilena. Promover decididamente el matrimonio
como la fuente insustituible para crearla. Ello solo será posible si se
muestran familias que han sabido ser fieles a la promesa hecha. Ello es
posible porque las hay. Son más de las que uno se podría imaginar. Aun
en medio de las dificultades reconocen el valor del matrimonio y la
familia. Los hijos valoran mucho aquello. Hoy es fundamental reconocer
en el matrimonio una vocación hermosa; para los católicos es una
vocación a la santidad.
Hay
situaciones muy complejas al interior de algunas familias y quienes las
viven han de ser acompañados siempre y nunca discriminados. La Iglesia
se compromete a apoyarlas. Pero no se puede pauperizar el matrimonio en
cuanto tal, que siempre ha sido y será la unión de por vida entre un
hombre y una mujer con el fin de ayudarse, procrear y educar a los
hijos. En esa línea se mueve la Iglesia que tiene el matrimonio y la
familia como un bien excelso que se compromete a cuidar.