Cuidemos nuestro hogar

Hace pocos días tuve que hacer unos arreglos en mi departamento. Algunos urgentes, otros sólo de mantención. Incluso, en estos ajustes, me di el gusto de mejorar otros aspectos, netamente estéticos, sólo por el placer de acondicionar mi hogar. Porque, ciertamente, con el paso de los años hay que hacerle mantención al hogar, arreglos y otros que permitan su continuidad, sin socavar sus bases. Este ejemplo cotidiano grafica perfectamente lo que ocurre en torno a la discusión sobre una nueva constitución. Mientras algunos buscan incesamente acceder a una hoja en blanco que les permita generar un texto a su justa medida, a su imagen y semejanza, habemos otros que valoramos nuestra carta fundamental y que entendemos la necesidad de generar mejoras que respondan a las urgencias de los nuevos tiempos, que reflejen la riqueza de nuestra diversidad en todo el territorio y que incluyan a aquellas minorías que hoy no se sienten representadas. Pero, en ningún caso, es siquiera cierta la posibilidad de cambiar de golpe y porrazo nuestra Constitución o, como dijo alguna vez el senador Jaime Quintana, usar una “retroexcavadora”. Si el techo de nuestra casa se nos llueve o está malo, lo reparamos. Si una pared necesita pintura, la pintamos. Si alguna cañería está defectuosa, la cambiamos. Si ya no nos gustan las cortinas , compramos otras y las reemplazamos. Si en alguna habitación de nuestro hogar no se distribuye la luz en forma equilibrada buscamos las alternativas que nos permitan iluminar mejor los espacios. Pero en ningún caso, bajo ningún punto de vista, echaremos nuestro hogar abajo para construir, sobre esas bases, una nueva casa, departamento u otros. Con el debate en torno a la Constitución pasa algo similar: las naciones serias no cambian de la noche a la mañana sus constituciones sino que aplican mejoras u otros que les permiten ir adaptando sus cartas fundamentales a las nuevas exigencias y tendencias. Sólo quienes ven en la Constitución una oportunidad para establecer sus reglas del juego, velando por sus interés, buscarán con ahínco cambiar las reglas del juego, incluso aludiendo a la ignorancia ciudadana bajo argumentos de que con una nueva constitución mejorarán sus pensiones, cosa que es absolutamente falaz dado que, para lograr eso, bastaría sólo con una iniciativa legislativa y un trámite breve en el Congreso. Tampoco la Constitución garantiza más y mejores empleos, con remuneraciones incluidas, salud o educación, entre otros. Da rabia ver como sectores de izquierda se aprovechan de las necesidades de la gente para hacerles creer algo que no es: la Constitución no es una “varita mágica” que resolverá todos los problemas, sino más bien es un contrato social que establece las reglas del juego en cuanto a comportamiento social entre personas. Para todo lo demás, lo que sí urge cambiar, es un Congreso mucho más representativo y con personas, tanto idóneas como calificadas, capaces de representar realmente las urgencias, anhelos y sueños de la postergada ciudadanía. Por eso es importante no sólo informarnos y no caer en retóricas populistas, en cantos de sirena que sólo son pan para hoy y hambre para el resto de nuestras vidas. Si tanto nos ha costado, entonces debemos cuidarlo: no nos farreemos nuestro hogar y cuidemos nuestro país.

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