Entre los más antiguos y antiguas de estas tierras, es bastante común escuchar que, en otros tiempos, rebozaban de alimentos las quintas en los patios traseros de Punta Arenas, Natales y Porvenir. Y es que, al parecer, cuando aún los camiones cargados de hortalizas y frutas desde la zona central no eran tantos y cuando toda familia tenía un “caperuzo o caparuza” en el manejo del gualato, era común que no sobrase ni un metro cuadrado en las ciudades y sus contornos. Bien se dieron las papas, coles y nabos. Zanahorias de los mejores sabores, espinacas e incluso lechugas crujientes por el frío de las noches y de un sabor inigualable. Lo que no era hortaliza, seguro eran arbustos y flores.
Los huertos se han achicado, es cierto. La ciudad va devorando día a día los espacios abiertos y muchas quintas antiguas, han pasado a albergar nuevos miembros de la familia o nuevos vecinos. Pero cada metro cuadrado de sitio eriazo vale, si de cultivar se trata. Alimentos frescos, llenos de aromas y nutrientes y una consecuente reducción del gasto en la canasta básica familiar.
Un metro cuadrado, con un suelo bien nutrido y abundante materia orgánica, puede producir al aire libre en Magallanes, un estimado de 4 Kg de papa, o 10 Kg de zanahoria (sembrada en camas altas y en alta densidad), o 3 kg de repollo. También se puede cultivar el famoso kale, cuyas propiedades nutricionales abundan en esta postmodernidad. Hablemos también de la gran lechuga regional: si hago almácigos el 1 de octubre y transplanto al aire libre el 1 de noviembre, con un poco de cariño, podré cosechar unas 17 lechugas el año nuevo. Si vuelvo a hacer almácigos el 1 de diciembre, y transplanto el 1 de enero, entonces volveré a cosechar un segundo ciclo de esta preciada hortaliza en marzo. Claro que, son un poco más rústicas que las producidas bajo invernadero, más crujientes, sabrosas y por cierto que muy superiores a una escarola que viajó 3000 km para llegar a la mesa.
No es que intente ponerlo en sencillo, porque no lo es. En efecto la horticultura es una de las actividades más complejas que puede realizar un humano. Se interactúa con el suelo, el agua, los microorganismos, los insectos que se comen a las plantas, los insectos que se comen a los insectos, la escarcha, la luz y el bendito viento. No es nada de fácil y óigame bien: Tenemos que agradecer todos los veranos a los campesinos y campesinas de Magallanes que le “ponen el hombro” y “sacan adelante la tarea” de colocar en la urbe, sus vergeles de oro verde, cosechados a puro sol y viento. Por nuestra parte, como Estado, tenemos el desafío de avanzar lo más eficazmente posible, en ampliar la superficie protegida del viento, el principal dolor de cabeza del agricultor.
El año 2023 INDAP, en continuidad con el trabajo e inversión de muchos años, cofinanció en Magallanes, la construcción de 1.024 metros lineales de cortinas cortaviento, asegurando la protección de 12.000 nuevos metros cuadrados de cultivos al aire libre. Esta superficie, de contar con un buen suministro de agua, ya sea mediante riego o lluvia, tiene un potencial productivo de al menos 36 toneladas de alimentos frescos para la región.
Un buen nortino pensará quizás, que son cifras insignificantes; pero aquí damas y caballeros, cada centímetro que le ganamos al viento y cada gramo de producción local, cuenta.