Cultivar y promover el valor de la solidaridad

En
estos meses de dura prueba que ha significado afrontar el Covid 19, ha
permitido evaluarnos como individuos o, mejor dicho, analizar el
comportamiento que hemos manifestado en situaciones extremas de máxima
incertidumbre y angustia por lo desconocido.

La
lógica, dicen por ahí, recomienda asumir en determinadas circunstancias
una conducta que posibilite hacer frente en el momento la situación que
nos aqueja.

Recordaba
con esto y en otros momentos, el accionar de entidades e Instituciones.
Muchas de las cuales hemos dejado, lamentablemente, de ver en sus
habituales tareas que las llevaron a obtener el reconocimiento de la
comunidad en el plano local, y en otros casos, fuera de las fronteras
regionales y nacionales.

La
mayoría de ellas, estaban, y están, motivadas por el más amplio
concepto de solidaridad que incentivaba e impulsaba esa entrega
voluntaria y sin medir consecuencias, y menos, considerar horarios o
condiciones climáticas.

Propongo
esta reflexión a propósito no solo de la pandemia y su contexto, sino
cuando, en el presente, nos estamos enfrentando como sociedad y
humanidad, a complejos escenarios y acontecimientos que no dejan ni
pueden dejar de conmovernos.

El
terremoto en Haití por una parte y la crisis en Afganistán, pueden ser
claros ejemplos de situaciones límite que tiene como efecto inmediato el
dolor de innumerables familias, niñas y niños generando un clima de
completa desestabilización de los sistemas y procesos institucionales,
caos, pérdida de vidas, destrucción de infraestructura crítica e
indispensable, sembrando únicamente el dolor y la desesperanza de la
población.

En
ambos ejemplos, resulta vital la acción coordinada y oportuna de las
naciones del mundo para llegar con la ayuda necesaria, por una parte, y
en el otro caso, para poner a disposición las voluntades y todos los
esfuerzos con el propósito de contribuir a encausar soluciones que
posibiliten un clima de paz y seguridad para las personas y por
supuesto, la protección de los Derechos Humanos.

En
2008 la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), declaró el 19 de
agosto como el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, conmemoración
que puede traducirse en una oportunidad para reiterar el llamado a la
responsabilidad social de la sociedad en su conjunto sobre qué podemos
hacer cuando la necesidad del prójimo no puede esperar y es urgente la
acción.

En
este sentido, el Gobierno de Chile envió rápidamente 16 toneladas de
ayuda humanitaria a Haití, consistente en medicamentos, miles de litros
de agua y artículos de primera necesidad como completos kits de
alimentos e implementos de higiene personal.

Aquí
no puedo dejar de mencionar el hecho de que, fue en Punta Arenas donde
la Cruz Roja Chilena comenzó a desarrollar sus primeras acciones
humanitarias para ir en ayuda de los más vulnerables y necesitados. Sin
duda que esta institución de carácter internacional se ha ganado con
creces su reconocimiento como una muestra de la clara y diáfana muestra
de solidaridad en donde no existen fronteras de ninguna índole,
motivados única y exclusivamente por el amor.

Su
origen nacional en la capital magallánica no deja de ser una muestra de
compromiso y al mismo tiempo de responsabilidad, conceptos que vale la
pena considerar y cultivar de manera permanente en el pleno ejercicio de
nuestra existencia. Lo mismo podemos afirmar en el caso de bomberos,
organizaciones no gubernamentales, asociaciones y otras entidades
impulsadas por la acción voluntaria y desinteresada.

Tal
vez estamos en el momento propicio para dar nuevos bríos y
acompañamiento a este tipo de instituciones y organizaciones para apoyar
su labor y continuar fortaleciendo la solidaridad y las acciones
humanitarias ahí donde sea necesario.

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